viernes 20 de noviembre de 2009

PABLO


P A B L O




En 1972 era yo redactor de la revista La Estafeta Literaria, que estaba en el vetusto edificio del Ateneo de Madrid, sito en la antigua calle del Prado. Por mi mesa pasaban buena parte de las publicaciones de poesía que se editaban en España y en Hispanoamérica. En el piso de arriba se encontraba esa revista titulada Poesía Española, e inmediatamente después, Poesía Hispánica, que dirigía José García Nieto y en la que colaboré algunas veces. También colaboraba en Ínsula –y lo hice hasta la muerte de José Luis Cano, secretario primero y luego subdirector de la misma, a quien me unió amistad y respeto-. En fin, desde mi mesa de redacción y con la presuntuosidad de los años jóvenes, yo creía estar bastante informado de la poesía contemporánea que se publicaba en lengua castellana. Gracias a que mi padre tenía una buena biblioteca, a los clásicos castellanos los leí y releí por vez primera casi niño, y a los poetas en lengua inglesa, francesa, italiana y alemana, en las mejores versiones bilingües de la biblioteca paterna o que llegaban entonces a las librerías.
Regresé a mi Sevilla natal en 1974. Por azar vino a caer en mis manos Antes que el tiempo acabe, séptimo de los libros de poesía de Pablo García Baena. Corría el año de 1978. Nada sabía de su autor. Yo era un joven poeta que acababa de publicar mi primer libro, que tiene pie de imprenta de ese mismo año. Aquella lectura fue como el rayo paulino. No sólo me descubrió a un gran poeta, a uno de los grandes poetas del siglo XX, sino que me demostró que muy poco sabía de la poesía española contemporánea. A Rosales, a Hierro y a otros muchos los había visto día sí y otro no en La Estafeta o en el Ateneo. Pero, ¿y esos autores del grupo “Cántico” al que pertenecía Pablo? Por mi parte, el 13 de junio de 1979 publiqué un artículo en el diario Sur de Málaga en el que terminaba afirmando que en la poesía de Pablo, cito: “se da la insólita confluencia del mejor modernismo, la sensualidad y la sombra de Juan Ramón Jiménez, el riguroso y adamantino esplendor de Góngora, junto con la elegíaca contención de Luis Cernuda”. Fin de la cita. El excelente libro de José Luis Cano Antología de poetas andaluces contemporáneos me dio algunas pistas, pero no pude profundizar en la importancia que tendría para mí ese descubrimiento hasta los años 1979-81 cuando, bajo la coordinación de Manuel Ángel Vázquez Medel, escribí para la Gran Enciclopedia de Andalucía buena parte de los artículos sobre los poetas andaluces de los siglos XIX y XX. Eso me llevó a leer y a revisar la poesía andaluza contemporánea. Y me di cuenta de la importancia de “Cántico”, de Muñoz Rojas, M. V. Atencia, Vicente Núñez, Alberto García Ulecia y otros nombres que, por su independencia y vivir alejados de los centros de decisión editorial, no figuraban en el “canon” oficial de la poesía española de esos años. Esa anómala situación y esos nombres señeros en la poesía española, entonces orillados, hoy algunos de ellos Premio Reina Sofía , Nacional o de la Crítica, la describí en mis libros Introducción a la poesía andaluza contemporánea (Sevilla, 1981) y La estirpe de Bécquer (1ª ed., 1982). En esos dos libros, en realidad, recopilo artículos míos anteriores publicados en la Gran Enciclopedia de Andalucía y en la sección de libros de la edición nacional del periódico “El País”, en la que reseñé libros de poesía entre 1980 y 1982 y también en otras publicaciones periódicas.
La admiración me llevó a conocer a María Victoria y a Pablo. Recuerdo que la primera vez que charlé con él fue en “El Baúl”, aquella tienda de antigüedades que con el poeta José de Miguel tenía en Torremolinos. Pablo se convirtió para mí, desde finales de los setenta en un amigo y en un maestro. Ya mi segundo libro de poemas, Personae (Sevilla, Calle del Aire, 1981) está dedicado a él. En ese libro hay, además, un poema en su homenaje y “a la manera de” Pablo. Ese poema se publicó antes en edición no venal para amigos, compuesto a mano, en la imprenta Sur de Málaga y con viñeta de Maruna, como nº 18 de la colección “Torre de las Palomas” que entonces dirigía un joven Salvador López Becerra. A Pablo le he dedicado artículos y ensayos en mis libros antes citados y en Verso y Glosa y Contraluz de la lírica, ambos publicados en la editorial Pre-Textos, y también he escrito el estudio introductorio a su poesía completa que, con el título de Recogimiento (Poesía, 1940-2000), publicó el Ayuntamiento de Málaga en su colección “Ciudad del Paraíso”. Pero el ensayo más abarcador que he publicado sobre la poesía paulina es posterior y se encuentra en mi libro Lírica andaluza contemporánea (Córdoba, Almuzara, 2007), pues en él se estudian desde sus primeros e inéditos balbuceos poéticos hasta su último libro, Los campos Elíseos, (Valencia, Pre-Textos, 2006). Hago aquí un inciso para agradecer lo mucho que me enseñaron sobre la poesía de Pablo mis amigos malagueños Rafael León y María Victoria Atencia. La lista de agradecimientos sería incompleta si en ella no figurase el malagueño de Lucena Bernabé Fernández-Canivell. Nadie piense que estas palabras son un brindis al sol, porque a ellos debo consejos inestimables, libros inencontrables y documentos sobre la vida y poesía de Pablo.
Pablo ha sido y es para mí y para muchos poetas de mi generación y más jóvenes un maestro. Su poesía une brillantez y profundidad. En una época, la inmediata posguerra, que entre “Garcilacistas” y “Espadañistas” -o poetas del régimen de Franco y sociales, para decirlo de otra manera- se había olvidado lo esencial de la poesía, que es el cuidado del lenguaje -la poesía es el lenguaje en su mayor tensión posible-, Pablo, como algunos otros autores del grupo cordobés “Cántico” (Ricardo Molina, Juan Bernier, Mario López, Julio Aumente) mantuvieron viva la llama eterna de la Poesía. Enlazaron con lo mejor del 27 y el modernismo. No es casual que en la revista de este grupo de poetas cordobeses, también denominada “Cántico”, se publicara, allá en la Córdoba de 1955, el primer número de revista que en España se le dedicara a Luis Cernuda. El número se abre con “El César”, poema por entonces inédito del autor sevillano, y se cierra con una breve antología suya en verso y prosa. En ese número hay colaboraciones de Lorca, Aleixandre, Altolaguirre, Adriano del Valle, Muñoz Rojas, Pablo García Baena... Y también del músico Salvador Moreno -con una partitura para el poema “Violetas”- y el pintor Miguel del Moral, quien hizo varias viñetas y los dibujos de portada.
A Pablo -ya lo escribió Gerardo Diego en 1948- no hay que ponerle apellido, pues Pablo por antonomasia hay sólo uno en nuestras letras. Él ha sabido, como Lope, ser poeta de lo divino y de lo humano. La preocupación religiosa late a lo largo de toda su obra y hay libros, como Óleo, que se centran en ella. En otros poemarios suyos, como Junio, el cántico exalta el amor humano, con una sensualidad oriental y pictórica. Pablo es poeta bíblico que desciende directamente de la Biblia, de nuestros clásicos del Siglo de Oro y de Gabriel Miró, y poeta pictórico que es afín a Adriano del Valle y, sobre todo, a Góngora. Extraordinario artífice verbal, es capaz de actualizar el verbo del clásico cordobés, cosa que, hoy en día, nos parecería en principio dificultad imposible si no estuviese patente en la obra paulina. “Pablo -dice Gerardo Diego en el artículo antes citado- acumula los más densos aromas orientales y esmalta y repuja su verso o versículo como un Gabriel Miró su prosa. Poeta levantino, y más que levantino, oriental, bíblico, gusta de los temas exóticos y escriturarios y se regala con los halagos de una sensualidad asiática. Pero él conoce los riesgos de una poesía demasiado literaria y descriptiva y sabe concentrarse y dejar desnuda la línea exacta y soberbia y no posar más que el toque de color cálido y necesario.”

Pablo ha vertebrado una obra llena de sinestesias, de halago verbal, de inminente tragedia, frutal sensualidad, técnica compleja y refinada, para terminar hablando de aquello que importa a todos los hombres: el amor, la muerte, la trascendencia, la nostalgia, el drama y el gozo de vivir, en fin. Quienes lo conocemos hace mucho sabemos de su sabiduría, de su noble humildad, de su prudencia. Pablo era el mismo antes que después de recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Letras o el Reina Sofía. Cuando empezaron a llegarle los tardíos reconocimientos y honores, éstos no le hicieron cambiar un ápice su llaneza y su discreción. Para mí es un honor declararme discípulo suyo como poeta. Y también es un alto honor declarar mi antigua amistad con él.
Nada más. Añadiré solamente que, si la poesía es uno de los lugares privilegiados en donde habita lo sagrado que hay en el hombre, si en la palabra poética ocurre esto, habrá que hacer una urna, un vaso griego, un primoroso cofrecillo labrado, un rico ostensorio digno de los mejores artífices a fin de cobijarla. Y a esta tarea, consciente, muy conscientemente, se aplicó Pablo sin prisas ni pausas a lo largo de su existencia. Y ahora puede ver la cosecha granada ante sus ojos. Una poesía densa, sensual, singularísima, que se encuentra entre las mejores de nuestra lengua y de nuestra época. Y también -y es el suyo en esto un caso similar al de Luis Cernuda- su cosecha está entre los numerosos poetas que le invocamos como maestro.

Fernando Ortiz

(Ponencia leída en la mesa redonda que inauguró el I Congreso Internacional sobre Pablo García el 18 de Noviembre de 2009, y en la que también intervinieron los poetas María Victoria Atencia y José Infante).

sábado 17 de octubre de 2009

INTRODUCCIÓN A JUAN RAMÓN JIMÉNEZ


INTRODUCCIÓN A LA OBRA DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ


Yo no les voy a dar aquí una lección magistral sobre Juan Ramón Jiménez, porque no soy profesor de Literatura, sino sólo un trabajador gustoso de la Poesía. Y también, porque gran parte de la Obra –así la llamaba él, la Obra con “O” mayúscula- descansa en los archivos de la Universidad de Puerto Rico –donde tanto él como su mujer, Zenobia Camprubí, fueron profesores los últimos años de su vida- . Y por otra parte, los manuscritos que él legó a su casa museo de Moguer, se encuentran hoy en el Archivo Histórico Nacional. Miles de escritos y muchos de ellos excelentes y aún inéditos. Es muy difícil, además, leer correctamente a Juan Ramón. ¿Cómo hacerlo? Hay dos maneras. Una lectura sucesiva, libro a libro, según él los fue publicando (esta lectura puede hacerse en la obra completa que publicó la editorial Aguilar), y una lectura simultánea, pues en sus últimos años corrigió casi toda su obra, desde el primer al último libro. Algunas de sus correcciones cambiaban muchísimo el primitivo texto y, casi siempre, para bien. Aunque una antología con esas correcciones las publicó en 1978 el profesor Sánchez Romeralo, con el título de Leyenda, otras siguen en los archivos esperando a los investigadores que las publiquen. Precisamente Leyenda se abre con un poema corregido –revivido, decía él- de su primer libro, "Nubes", que en Leyenda se llama "Nubes sobre Moguer". El poema se titula "Cuando yo era el niñodiós" y es éste:

Cuando yo era el niñodiós, era Moguer, este pueblo,
una blanca maravilla; la luz con el tiempo dentro.
Cada casa era palacio y catedral cada templo;
estaba todo en su sitio, lo de la tierra y el cielo;
y por esas viñas verdes saltaba yo con mi perro,
alegres como las nubes, como los vientos, lijeros,
creyendo que el horizonte era la raya del término.

Recuerdo luego que un día en que volví yo a mi pueblo
después del primer faltar, me pareció un cementerio.
Las casas no eran palacios ni catedrales los templos,
y en todas partes reinaban la soledad y el silencio.
Yo me sentía muy chico, hormiguito de desierto,
con Concha la Mandadera, toda de negro con negro,
que, bajo el tórrido sol y por la calle de Enmedio,
iba tirando doblada del niñodiós y su perro:
el niño todo metido en hondo ensimismamiento,
el perro considerándolo con aprobación y esmero.

¡Qué tiempo el tiempo! ¿Se fue con el niñodiós huyendo?
¡Y quién pudiera ser siempre lo que fue con lo primero!
¡Quién pudiera no caer, no, no, no caer de viejo;
ser de nuevo el alba pura, vivir con el tiempo entero,
morir siendo el niñodiós en mi Moguer, este pueblo!

La Obra de Juan Ramón es rica y variada, tanto en verso como en prosa. Quizá fue el mejor prosista de su siglo en lengua española además de ser el poeta con un mundo más extenso e intenso desde el Siglo de Oro español. El lenguaje se adaptaba a sus manos como si fuese cera. ¡Y qué diversidad! Desde la crítica, hasta el humor y la caricatura, pasando por la poesía lírica y metafísica están presentes en sus libros. Y no crean que esta inmensa obra surgió de la nada. Él tenía un lema que había tomado del poeta y sabio alemán Goethe que decía así:”Como el astro, sin precipitación y sin descanso”. Si leemos sus primeros poemas, son un poco cursis, deudores de la poesía no precisamente mejor del siglo XIX. Luego hay una época modernista, con mucha influencia de Rubén, Villaespesa y los autores franceses de moda. Es éste un poeta que no merece pasar a la posteridad. Cuando en 1918 recopila su Segunda antología poética (que no se publica hasta 1922, porque Juan Ramón era un obseso de las erratas y las imperfecciones y corregía un texto hasta que él lo consideraba perfecto en la medida de sus posibilidades) ya es un poeta hecho, que influye en la joven literatura (entonces la después llamada Generación del 27), un maestro que por sólo ese libro merece de sobra pasar a nuestra historia literaria. Pero en Diario de un poeta reciéncasado (1916) empieza una nueva época en la que cambia el fondo y la forma. En cuanto a la forma, introduce en la poesía castellana el verso libre (él dice que ese ritmo del verso se lo dieron las olas del mar, pues escribió el libro yendo en barco desde Cádiz hasta Nueva York, donde lo esperaba Zenobia para casarse con él). En cuanto al fondo, es de una gran profundidad. Habla de un dios suyo que él ha conseguido con su constante trabajo y persecución de la belleza a través de toda su vida (“conciencia mía de lo hermoso”, dice que es ese dios). Es un largo camino el que le lleva de un mal epígono de los poetas del xix a través del modernismo hasta una poesía metafísica muy personal y singular y sin duda de las mejores escritas en el mundo en el siglo XX. Él, como Picasso en Pintura, fue un artista en constante renovación. Vean el primer poema de Dios deseado y deseante para que noten, a la vez que su profundidad, la diferencia con la primera época, reflejada espléndidamente en "Cuando yo era el niñodiós".


1

LA TRANSPARENCIA

Dios del venir, te siento entre mis manos,
aquí estás enredado conmigo en lucha hermosa
de amor, lo mismo
que un fuego con su aire.

No eres mi redentor, ni eres mi ejemplo,
ni mi padre, ni mi hijo, ni mi hermano;
eres igual y uno, eres distinto y todo;
eres dios de lo hermoso conseguido,
conciencia mía de lo hermoso.

Yo nada tengo que purgar.
Toda mi impedimenta
no es sino fundación para este hoy
en que, al fin, te deseo;
porque estás ya a mi lado,
en mi eléctrica zona,
como está en el amor el amor lleno.

Tú, esencia, eres conciencia; mi conciencia
Y la de otro, la de todos,
con forma suma de conciencia;
Que la esencia es lo sumo,
es la forma suprema conseguible,
y tu esencia está en mi, como mi forma.

Todos mis moldes llenos
estuvieron de ti; pero tú, ahora,
no tienes molde, estás sin molde; eres la gracia
que no admite sostén,
que no admite corona,
que corona y sostiene siendo ingrave.

Eres la gracia libre,
la gloria del gustar, la eterna simpatía,
el gozo del temblor, la luminaria
del clariver, el fondo del amor,
el horizonte que no quita nada;
la transparencia, dios, la transparencia,
el uno al fin, dios ahora sólito en lo mío,
en el mundo que yo por ti y para ti he creado.


Este dios (con minúscula) de Juan Ramón, ya lo dice en el poema, es su conciencia (“conciencia mía de lo hermoso”, dice literalmente). Es, pues, un dios inmanente, no trascendente. En esto le influyó mucho la Institución Libre de Enseñanza y las doctrinas filosóficas krausistas. (Juan Ramón vivió en la Residencia de Estudiantes, de la que llegó a ser director de publicaciones). “El krausismo –dice el profesor Manuel Ángel Vázquez Medel- da cauce a la inquietud religiosa de Juan Ramón, permitiéndole la elaboración progresiva de una estética –religión inmanente sin credo absoluto, ascetismo espiritual, desarrollo de una norma de perfección moral –que encontrará en Dios deseado y deseante su punto más alto”. Pero con ser tan alta y aún no superada su obra lírica en español, ya les dije que su prosa no es menos importante. Tomemos como ejemplo su obra crítica. J.R. escribió sobre Eliot, Perse y Yeats,(que fueron Premios Nobel) entre otros grandes líricos, muy tempranamente. Y, sin duda, la mayor parte de sus juicios, escritos en una prosa afilada y enormemente personal, han sido confirmados por la posteridad. Era uno de los españoles más y mejor informados de lo que se escribía fuera. Sus estancias en Norteamérica, Francia e Hispanoamérica, junto con su extraordinario olfato poético, le dotaron de una aguda sensibilidad para detectar la mejor poesía que se escribía en buena parte del mundo.
Pero con ser importante el conocimiento de otras literaturas, no lo era tanto como el de la propia tradición poética en la que se hallaba instalado. Los clásicos, el Romancero, San Juan, Bécquer, el modernismo…, y otros muchos temas de la literatura hispánica le inspiraron páginas memorables y paralelismos extraordinariamente sugerentes. El fue quien, de los miles de voces que dormían desde siglos en los manuales de literatura española, escogió unas pocas, las que le parecían más perfectas y actuales (como a Bécquer), y les dijo, como le dijera Cristo a Lázaro: “Levántate y anda”. Estos clásicos son los que influyeron en el 27 (Cancioneros y romances viejos resonando en las voces nuevas de Lorca y Alberti). Como en un escaparate, puso ante los ojos del 27 a los clásicos más vigentes de nuestra historia literaria.
Les voy a señalar uno de una serie de curiosos poemas suyos de la Segunda antología poética. Y digo curiosos porque son los primeros poemas de la literatura española, como señaló el poeta y crítico español Francisco Brines, en los que el paisaje español es visto desde el tren. La visión de un paisaje rápida alejándose en el entonces novísimo invento, el tren, comprenderán ustedes que es muy diferente a si miramos el mismo paisaje detenidos o a caballo. Tántas cosas innovó Juan Ramón en nuestra poesía:

Brisa. El tren pára. De la estación reciénregada,
Como una rosa inmensa se va alzando la tarde.
En la bruma vibrante del poniente amarillo,
Tristes cristalerías soñolientas se abren.
El paraje es romántico, lírico, inesperado;
Campanas nunca oídas endulzan el instante…
Quisiera el corazón, cual un niño indolente,
Quedarse,… aunque se fuera… Pero el tren, sordo, parte,
…Y se pasa muy cerca de casas, de jardines,
de un río verde con sombras horizontales…
…A una vuelta, un momento, y por última vez,
surjen, como entre sueños, torres de oro y de encaje…

He hablado antes del Juan Ramón gran prosista crítico. Pero también fue insuperable la prosa ensayística, memorialística, epistolar, aforística, imaginativa… En un proyecto de su obra completa que la enfermad y la muerte le impidieron terminar, reservaba varios volúmenes a su obra en prosa. Para que vean lo viva y divertida que puede ser ésta, les he espigado unas líneas de su libro Por el cristal amarillo:

DON CARLOS GIRONA

Lo suyo me parecía todo lo mejor: su paraguas, su chaleco, sus tarjetas, sus quevedos de oro… Y lo que hablaba. Y sentía una gran indignación cuando los otros señores del casino de los Caballeros –don José Sáenz, que leía a Galdós; don Juan Márquez, don José Joaquín Rasco, don…-se burlaban de lo que decía. Por ejemplo, cuando decía áccido.
-Pero don Carlos, que no es áccido. Vamos por el diccionario.
-A mí no me importa nada el diccionario. Es áccido, y nada más.
En toda mi infancia lo ácido fue áccido para mí. Y la palabra tenía así un mayor poderío: el vinagre, la naranja, la uva agraz. Para mí decir áccido era señalar un elemento. Y lo áccido era mucho más ácido cuando yo pensaba en la pelirroja, verde y pecosa Trinidad.
Han pasado cuarenta años y todavía no me parece ácido tan ácido como áccido.

Juan Ramón era, como queda dicho, un gran prosista, y él mismo confesó que puso tanto empeño y trabajo en dejar una obra en prosa tan importante como en verso. Quién no ha leído o ha oído hablar de Platero y yo, el mejor libro de poemas en prosa en lengua española. La presencia de la Mujer, junto con la Obra y la Muerte, son los tres grandes temas que vertebran sus libros. De la muerte habla uno de sus poemas más intensos y famosos, "Y se quedarán los pájaros cantando":

Y SE QUEDARÁN LOS PÁJAROS CANTANDO


…Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando.
Y se quedará mi huerto con su verde árbol
y con su pozo blanco.

Todas las tardes el cielo será azul y plácido,
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las esquilas del campanario.

Se morirán los que me amaron
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y lejos del bullicio distinto, sordo, raro
del domingo cerrado,
del coche de las cinco, de las barcas del baño,
en el rincón oculto de mi huerto encalado,
entre la flor, mi espíritu errará callando.

Y yo me iré, y seré otro, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido…
Y se quedarán los pájaros cantando.


JUAN RAMÓN EN AMÉRICA
A la vuelta del viaje de novios en Norteamérica –Zenobia era medio norteamericana- la pareja pasa una veintena de años en Madrid, en los que el poeta sigue enfrascado en la elaboración de su obra. Pero un mes y un día más tarde del levantamiento militar que daría origen a la Guerra Civil española –concretamente el 22 de agosto de 1936- abandonó Juan Ramón definitivamente España, donde ya nunca regresaría en vida. La edición de Guerra en España, que recoge textos, recortes y opiniones de Juan Ramón, nos deja clara la actitud de quien “siempre estuvo lealmente junto al pueblo y la democracia”, escribe el profesor Vázquez Medel, al que citamos en la brillante síntesis cronológica que del Poeta hace en estos años en su prólogo a la Tercera antología poética (Madrid, Biblioteca Nueva, 1999, pp. 48 y 49). Nunca olvidará su Moguer nativo y su verdadera patria será su lengua. En junio de 1907 el poeta escribió en la revista "Renacimiento". “Nací en Moguer –Andalucía- la noche de Navidad de 1881. Mi padre era castellano y tenía los ojos azules: mi madre es andaluza y tiene los ojos negros. La blanca maravilla de mi pueblo guardó mi infancia en una casa vieja de grandes salones y de verdes patios. De estos dulces años recuerdo bien que jugaba muy poco y que era gran amigo de la soledad; las solemnidades, las visitas, las iglesias me daban miedo. Mi mayor placer era hacer campitos y pasearme en el jardín, por las tardes, cuando volvía de la escuela y el cielo estaba rosa y lleno de aviones. Los once años entraron, de luto, en el colegio que tienen los jesuitas en El Puerto de Santa María; fui tristón porque ya dejaba atrás algún sentimentalismo: la ventana por donde veía llover sobre el jardín, mi bosque, el sol poniente de mi calle. El colegio estaba sobre el mar y rodeado de grandes parques; cerca de mi dormitorio había una ventana que daba a la playa y por donde, las noches de primavera, se veía el cielo profundo y dormido sobre el agua, y Cádiz, a lo lejos, con la luz triste de su faro-. Al salir del colegio, hubo algo feliz en mi vida; es que el Amor aparece en mi camino. Sevilla me tuvo, entonces algún tiempo, pintando en los estudios de sus pintores coloristas y fandangueros; Guadalquivir lloró mis primeros versos, que vieron la luz en periódicos hispalenses. […]Recibí cartas de escritores jóvenes que me invitaban a venir a Madrid y a publicar un libro de versos. […] Yo traía muchos versos, y mis amigos me indicaron la conveniencia de publicarlos en dos libros de diferente tono; Valle-Inclán me dio el título –Ninfeas- para uno, y Rubén Darío para el otro, Almas de Violeta, y Francisco Villaespesa, mi amigo inseparable de entonces, me escribió unas prosas simbólicas para que fuéramos juntos. […] Aparecieron los dos libros simultáneamente, en septiembre del mismo año. Jamás se ha escrito, ni se han dicho más grandes horrores contra un poeta; gritaron los maestros de escuela, gritaron los carreteros de la prensa. […] Y pienso que, entre tanta frondosidad y tanta inexperiencia, lo mejor, lo más puro y lo más inefable de mi alma está, tal vez, en esos dos primeros libros.- Mientras, me sentí muy enfermo y tuve que volver a mi casa; la muerte de mi padre inundó mi alma de una preocupación sombría; de pronto, una noche, sentí que me ahogaba y caí al suelo; este ataque se repitió en los siguientes días; tuve un profundo temor a la muerte repentina; sólo me tranquilizaba la presencia de un médico -¡qué paradoja!-. Me llené de un misticismo inquieto y avasallador; fui a las procesiones, rompí todo un libro –Besos de Oro- de versos profanos (¿); y me llevaron al sanatorio de Castel d`Andarte en Le Bouscat, Bordeaux. Allí, en un jardín, escribí Rimas, que publiqué en Madrid al año siguiente. Era el libro de mis veinte años.- A fines de 1901, sentí nostalgia de España, y después de un otoño en Arcachon, me vine a Madrid, al Sanatorio del Rosario, blanco y azul de hermanas de la caridad bien ordenada. En este ambiente de convento y jardín he pasado dos de los mejores años de mi vida. Algún amor romántico, de una sensualidad religiosa… […] Arias tristes. Una larga estación en las montañas de Guadarrama me trae las Pastorales; después viene un otoño galante –azul y oro- que da motivo a un Diario Íntimo y a muchos Jardines lejanos. Este es un período en que la música llena la mayor parte de mi vida. Publico Jardines lejanos –febrero de 1905- y pienso Palabras románticas y Olvidanzas. La ruina de mi casa acentúa nuevamente mi enfermedad y es una época lamentable en que no trabajo nada; la preocupación de la muerte me lleva de las casas de socorro a las de los médicos, de las clínicas al laboratorio. Frío, cansancio, inclinación al suicidio. Y otra vez el campo me envuelve con su primavera. Baladas de primavera.- Ahora, esta vida de soledad y de meditación, entre el pueblo y el campo, con el rosal de plata de la experiencia en flor, la indiferencia más absoluta para la vida y el único alimento de la belleza para el corazón. Elegías”.
Hasta aquí (julio de 1907) las palabras del poeta. Desde esta fecha hasta su salida definitiva de España, habría que destacar en su cronología que en 1912 regresa a Madrid e ingresa en la Residencia de Estudiantes, donde estrecha sus relaciones con los hombres de la Institución Libre de Enseñanza. En 1913 conoce a Zenobia, con la que se casará en 1916 en Nueva York. En 1917 se instala en Madrid y publica la primera edición de Diario de un poeta reciencasado y la primera edición completa de Platero y yo. En Nueva York aparece un volumen de sus Poesías escogidas y Sonetos espirituales (1916-1917). En 1918 publica Eternidades y en 1919 Piedra y cielo (1917-1918). En 1921 edita los 4 números de la revista "Índice "y en 1922 la Segunda antología poética (1898-1918).En 1923 publica Belleza y Poesía (en colaboración con Zenobia).
Entre 1925 y 1935 publica sus Cuadernos: Unidad (1925); Obra en marcha (diario poético, 1928) ; Sucesión, 1932; Presente, 1933; Hojas, 1935. En 1936 se exilia a América, como indicábamos al comienzo del capítulo. En una carta dirigida por Juan Ramón al director del Diario de la Marina de la Habana, expone las circunstancias de su salida de España, para cumplir un compromiso con el Departamento de Educación de Puerto Rico, y recuerda que él mismo acogió en su casa a doce huérfanos sin recursos los primeros días de la Guerra. Tras indicar que siempre ha vivido de su trabajo y que jamás recibió nada del estado Español, Monarquía o República, explica las facilidades ofrecidas por el Gobierno de la República. Y añade:
Sería yo un ingrato si lo callara, en momentos difíciles para el gobierno español, por tales o cuales miramientos egoístas. Quien es libre de pensamiento y no tiene peso sobre su conciencia, no tiene por qué disimular.
Me interesa añadir que mi amor por el auténtico pueblo español, por la auténtica democracia española siguen en el mismo punto en que siempre estuvieron. Yo he sido siempre libremente leal a la democracia y a mí mismo, y respeto, hoy como siempre también, toda verdadera lealtad
”.

El exilio de Zenobia y Juan Ramón pronto se convertirá en un éxodo: tras desembarcar en Nueva York se dirigirán a Puerto Rico. La Habana les acogerá casi por tres años, a partir de noviembre de 1936. Invitado a pronunciar una serie de conferencias por la Universidad de Miami, se traslada con su esposa a Florida, en 1939. Allí, en Miami, fijan su residencia en la barriada universitaria de Coral Gables. Juan Ramón “resucita a la poesía” en 1941, ante la vasta inmensidad de la Florida, cuando comienza el primer fragmento de Espacio, sin duda uno de los poemas mayores de la Literatura Hispánica. “Espacio es –decía Octavio Paz- uno de los monumentos de la poética moderna. Hará falta leerlo muchas veces, para oír una y mil veces sus múltiples preguntas, que en medio del cosmos apuntan en todas direcciones…, pero sin esperar encontrar una respuesta”. En el Espacio de J.R.J., añado yo, se consigue borrar la linealidad en la que nos instala el tiempo cronológico para hacer surgir un tiempo distinto, en donde la simultaneidad y la pervivencia y relevancia del pasado se imponen a la linealidad. Es más que probable que el más grande Juan Ramón sea el de esta última época, muy recientemente editado por Alfonso Alegre Heitzmann con el título de Lírica de una Atlántida (1999). He aquí el fragmento segundo del poema Espacio:

“Y para recordar por qué he vivido”, vengo a ti, río Hudson de mi mar. “Dulce como esta luz era el amor…” “Y por debajo de Washington Bridge (el puente más con más de esta New York) pasa el campo amarillo de mi infancia”. Infancia, niño vuelvo a ser y soy, perdido, tan mayor, en lo más grande. Leyenda inesperada: “dulce como la luz es el amor”, y esta New York es igual que Moguer, es igual que Sevilla y que Madrid. Puede el viento, en la esquina de Braodway, como en la esquina de las Pulmonías de mi calle Rascón, conmigo; y tengo abierta la puerta donde vivo, con sol dentro. “Dulce como este sol era el amor”. Me encontré al instalado, le reí, y me subí al rincón provisional, otra vez, de mi soledad y mi silencio, tan igual en el piso 9 y sol, al cuarto bajo de mi calle y cielo. “Dulce como este sol es el amor”. Me miraron ventanas conocidas con cuadros de Murillo. En el alambre de lo azul, el gorrión universal cantaba, el gorrión y yo cantábamos, hablábamos; y lo oía la voz de la mujer en el viento del mundo. ¡Qué rincón ya para suceder mi fantasía! El sol quemaba el sur del rincón mío, y en el lugar menguante de la estera, crecía dulcemente mi ilusión, queriendo huir de la dorada mengua. “Y por debajo de Washington Bridge, el puente más amigo de New York, corre el campo dorado de mi infancia…” Bajé lleno a la calle, me abrió el viento la ropa, el corazón; vi caras buenas. En el jardín de St. John the Divine, los chopos verdes eran de Madrid; hablé con un perro y un gato en español; y los niños del coro, lengua eterna, igual del paraíso y de la luna, cantaban, con campanas de San Juan, en el rayo de sol derecho, vivo, donde el cielo flotaba hecho armonía violeta y oro, iris ideal que bajaba y subía, que bajaba… “Dulce como este sol era el amor”. Salí por Ámsterdam, estaba allí la luna (Morningside); el aire ¡era tan puro!; frío no, fresco, fresco; en él venía vida de primavera nocturna, y el sol estaba dentro de la luna y de mi cuerpo, el sol presente, el sol que nunca más me dejaría los huesos solos, sol en sangre y él. Y entré cantando ausente en la arboleda de la noche, y el río que se iba bajo Washington Bridge, con sol aún, hacia mi España por mi oriente, a mi oriente de mayo de Madrid; un sol ya muerto, pero vivo; un sol presente, pero ausente; un sol rescoldo de vital carmín; un sol carmín vital en el verdor; un sol en el negror ya luna; un sol en la gran luna de carmín; un sol de gloria nueva, nueva en otro este; un sol de amor y de trabajo hermoso; un sol como el amor… “Dulce como este sol era el amor”.

Después, en 1942, se trasladan a Washington, donde enseñarán ambos en la Universidad de Maryland en el curso 1943-44. En ese Estado permanecen –excepto varios importantes intervalos- hasta 1951, año en que el matrimonio se instala en Puerto Rico, donde ambos encontrarían la muerte: Zenobia el 28 de octubre de 1956 (tres días después de la concesión del premio Nóbel a su esposo); Juan Ramón, el 28 de mayo de 1958, tras un período de depresiones continuas y padecimientos nerviosos. Con Zenobia muere también Juan Ramón para la literatura. Así que hemos de decir, y seguimos citando al profesor Manuel Ángel Vázquez Medel, a quien tanto deben estas líneas, que en el 2006 conmemoramos el 125 aniversario del nacimiento de Juan Ramón Jiménez, el cincuentenario de la concesión del Premio Nóbel y de la muerte de Zenobia Camprubí –y lo que es más importante- la muerte de Juan Ramón para la Poesía, ya que su muerte biológica no acaeció hasta 1958. Hoy, todos los que escribimos poesía en español somos deudores en gran medida de él. Incluso quienes no son conscientes de este hecho.

Fernando Ortiz

domingo 11 de octubre de 2009

PROHIBIDO FOXÁ


PROHIBIDO UN HOMENAJE A FOXÁ EN UNAS DEPENDENCIAS DEL AYUNTAMIENTO DE SEVILLA
(Como Foxá era fumador de puros, el homenaje se celebró al aire libre)

Ya dijo Foxá que los ideales revolucionarios se expresaban de forma trimembre: "Libertad, Igualdad y Fraternidad" fue el lema de la francesa. En su juventud falangista, el lema era :"Patria, Pan y Justicia". Ya en su cínica madurez, apuntaba que sus ideales resultaban más modestos: "Café, copa y puro". Parece que hoy, de todo lo enunciado, lo más incorrecto políticamente es el puro, y por eso se vio el Ayuntamiento sevillano en la desagradable situación de tener que prohibir un homenaje al Conde. Digámoslo así, con algo de humor, pues no entra en el espíritu de Foxá por aburrido repetir a estas alturas que la auténtica poesía habla al interior de cada uno de nosotros, sin distinción de razas,sexos, credos, fronteras ni ideologías. Porque le habla al individuo, al hombre interior y no a las masas. A las masas les hablan los políticos, los publicistas y los periodistas. Que Virgilio no fuera demócrata, que Garcilaso ejerciera la profesión militar, que Quevedo fuera contrarreformista y San Juan de la Cruz cura, no quita grandeza a su poesía y enriquece a quien la lee pues, aunque tenga sus criterios morales y políticos bien asentados, los deja en suspenso temporalmente para oír la honda y sincera voz del otro. Y el comprender las razones de los demás, siempre nos vuelve más tolerantes. Por eso los regímenes totalitarios son tan dados a prohibir libros y, en general, a prohibir. ¿Cuánto libro no se prohibió en la España de Franco por no hablar en la Rusia del padrecito Stalin? Padrecito al que le escribió un poema laudatorio Alberti, por citar uno de tántos grandes poetas que le dedicaron loas, ya que esos poemas cundían mucho, pues los pagaban a bastantes rublos el verso.
Un peón de brega del régimen imperante, concejal del Ayuntamiento de Sevilla, ha prohibido un homenaje literario a Agustín de Foxá (1903-1959), gran poeta, buen novelista y autor teatral, mejor articulista, diplomático por oposición en la II República, falangista, amigo personal de José Antonio y activo militante del bando nacional. Foxá es ya de estudio obligado en la Literatura Española, e influyó mucho en nuestra lírica posterior a él. Les transcribo dos poemas suyos para que juzguen ustedes mismos:

LAS SEIS MUCHACHAS EN EL MIRADOR
(Balada del amor difícil)

Las seis mujeres de maridos ricos;
las seis, sentadas en el mirador;
las seis, haciendo con ganchillo,
madeja –blanca o rosa- su labor.

Una piensa en el mar, ésa en los trenes,
dos en jardines y otra en luna clara;
la más pequeña sueña por el aire
hombres de fuego y besos de enramada.

Los seis maridos –leontina de oro,
sortija y puro- van por los caminos,
comprando encinas de carbón y ovejas,
roncando en los hoteles pueblerinos.

Cuando apuntan un árbol, en sus libros,
entre el Debe y Haber, no ven las hojas
que mayo exalta de ardorosos nidos,
y la hermosura del rocío ignoran.

Ellas siguen, calladas y sumisas,
celebrando una boda imaginaria
con capitanes, rubios como arcángeles,
poetas o marinos de otras playas.

Los seis maridos van trocando en cheques
los trigos, el rebaño, el olivar.
Las seis muchachas ven la lluvia amarga
un día y otro día, en el cristal.

Péndulo provinciano; pasan años.
Vendrá un abril que no hablará al amor.
Ese día veréis seis viejecitas,
las seis sentadas en el mirador.


UN NIÑO PROVINCIANO


Un niño provinciano de familia modesta,
aulas del Instituto, charlas del profesor.
Los jueves un mal cine y los días de fiesta
banda del Regimiento en la Plaza Mayor.

Un preludio de novia en las tardes lluviosas
y en la casa de enfrentre mirador de cristal,
mientras ríen las gárgolas, y relucen las losas
y las viejas marchitas van a la Catedral.

Álbum de terciopelo azul; fotografías
del abuelo o la abuela sobre un turbio telón
de Venecias o lagos, mientras hablan las tías
del manto de la Virgen para la procesión.

Paseos familiares por la muralla nueva.
Gris la ciudad y el campo, donde labrando están.
Gris el tren que en la lluvia su corazón se lleva,
y grises los consejos que da el Señor Deán.

Adolescencia casta; en el cine han cortado
a todas las películas las escenas de amor.
Anocheceres largos y se duerme arropado
en bronce de campanas y ruidos de reloj.

Y sin embargo tiene un alma de poeta
hambrienta de horizontes y de islas de cristal.
Las acacias marchitas de la plazuela quieta
cuando el sol que declina dora la Catedral.

Le han visto sobre el bello atlas de geografía
su dedo azul de mares mil rutas recorrer
por los mapas extraños; capitán-fantasía,
Robinsón de esa nube rosa de atardecer.

Yo sé tu sueño estéril; después de algunos años
te vencerá el gris triste de esta vieja ciudad.
Y morirás sin sueños; envuelto en desengaños
y dejarás un hijo: un hijo que será…

Un niño provinciano, de familia modesta,
aulas del Instituto, charlas del profesor.
Los jueves un mal cine y los días de fiesta
banda del Regimiento en la Plaza Mayor.

sábado 3 de octubre de 2009

ADIOS A JOSÉ ANTONIO MUÑOZ ROJAS


ADIÓS A JOSÉ ANTONIO MUÑOZ ROJAS

José Antonio Muñoz Rojas ha muerto pocos días antes de cumplir los cien años. De cualquier modo, en un poeta esto es anécdota, no categoría, pues jóvenes son las Rimas de Bécquer y las Coplas manriqueñas. Y joven sigue parte de la obra que Muñoz Rojas escribiera hace más de medio siglo, como los Cantos a Rosa, Las cosas del campo, Las musarañas, Las sombras y algunos de sus sonetos. ¿Dónde está aquí la frontera entre prosa y poesía? No la hay, porque toda está realizada con intención y resultados poéticos, como lo son algunos fragmentos de Azorín o algunas Leyendas de Bécquer. En España no existe la tradición del poema en prosa de Francia, por poner un ejemplo. Solemos confundir el poema en prosa o la prosa poética con una prosa refitolera. A Las sombras, donde hablan las voces de quienes ya no están entre nosotros, la emparejaría yo por su tema con otro gran libro de poesía en prosa, Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Las cosas del campo es cualquier cosa menos redicha o cursi. José Antonio ha recibido cartas de campesinos desde la emigración que le decían cuánto les había conmovido ese libro y cartas de intelectuales afirmando lo mismo. Se fue para siempre el maestro y el amigo. En su Antequera se le dijo anteaayer una misa a las 12 en la Iglesia de las Descalzas, a la que él se sentía tan unido. Conservo una tarjeta postal de hace muchos años que me envió en la que se representaba la bella portada de las Descalzas de Antequera. “Esta es mi iglesia en Antequera”, me escribía al dorso. Familiares, personalidades, escritores y amigos estaban allí para despedir a quien fue un hombre bueno y un gran poeta. Un benedictino irlandés, viejo amigo de la familia, dijo certeras y hondas palabras en la misa. Sentidas, breves y claras fueron las que pronunció Lucas, uno de sus hijos, en nombre de sus hermanos, donde recordaba a Cecilia y a José, matrimonio que trabaja hace muchos años en La Casería, y que mucho le ayudó en el último trance. Dos de sus nietos subieron al altar. Uno leyó unas palabras. Al parecer, le habían preguntado una vez: “Abuelo, tú eres terrateniente, banquero, poeta… Pero, ¿qué es lo que no has hecho en esta vida y te hubiera gustado hacer?”. Largo silencio de José Antonio, y luego contestó con convicción reiteradamente: “Bailar… ¡Bailar, bailar, bailar!”
Estos libros que he citado de José Antonio son cimas de la poesía en castellano del siglo XX, aunque haya escrito otros también excelentes. En fin, no todo lo de de Cervantes es El Quijote, aunque sea de calidad literaria. Yo tuve la suerte de leer los Cantos a Rosa con ojos jóvenes y tratar con relativa frecuencia a la persona desde 1980 en su entorno natural, la Casería del Conde, finca en la que residió la mayor parte del año, cercana a su Antequera natal, ciudad de espadañas y romances fronterizos. Cuando aceptó en Madrid la Secretaría General del Banco Urquijo, lo hizo con la condición de que pudiera irse del trabajo los viernes para volver los lunes. En esos interminables trenes de posguerra acudía sin falta a su cita semanal a su Casería. Maestro y amigo, gran conocedor de libros y hombres, he admirado siempre su sabiduría, su sagaz humor, el vivaz brillo de sus ojos, capaz de expresar bondad , malicia y socarronería. Y su saber estar. No sabría decir si me han enseñado más sus palabras o sus silencios.
Fernando Ortiz
Diario de Sevilla, 2009-10-04

viernes 4 de septiembre de 2009

VA A VENIR VOLANDO EN SU ALFOMBRA MÁGICA EL PINTOR JUAN ROMERO





Me dice un pajarito que el pintor sevillano Juan Romero (nació en el barrio del Baratillo en el año 1932), quien se formó en la Escuela de Bellas Artes de Sevilla y vivió muchos años en París, va a exponer esta temporada en la en la sala principal que en Sevilla tiene Cajasur y quizá también en la Casa de la Provincia de la Diputación, sita en la Plaza del Triunfo. Romero es un amigo de la retina prístina, laboriosa y modesta –modesto quiere decir falto de engreimiento- de los autores románicos y del vivo del color de los primitivos. Algunos le han calificado de” naïf”. Y, aunque se ha aproximado por su rica policromía a Klee y algunos maestros de la pintura del siglo XX –Chagall y Dubuffett son maestros que le influyen en su larga etapa parisina-, nada menos ingenuo que la bienhumorada limpidez de su mirada. El dibujo, el color, la composición de su obra es soberbia y personalísima. Y hay que quitarse el sombrero ante el perfecto acabado de sus últimas obras. A mí la pintura de Romero, con sus peculiares dibujos, y sus paisajes vividos y soñados me parecen una explosión del gozo de la vida que consigue transmitirse por medio del Arte. Ya que estamos en la Bética, digámoslo en latín: “Gaudium essendi” (el gozo, la alegría de ser). Esas imágenes de Romero son arquetípicas. Cuando un pintor tiene el don intuitivo de conectar con el insconciente colectivo que todos llevamos dentro (según Jung las “imágenes primordiales” son común a todos los seres humanos), se llama Lorca, Picasso o…, Juan Romero. Yo diría que Romero es un Bosco sin malas pulgas, y desde que vi aquella amplia exposición antológica (288 obras) de su pintura en el apeadero de los Reales Alcázares de su ciudad natal de Sevilla (año de 1981), quedé encandilado. Y resultaba muy apropiado. Parecía que al mismísimo Klee se le hubiera encargado cubrir de tapices multicolores los inmensos muros del oriental Alcázar. Romero fue galardonado con el Premio de la Crítica de la Bienal de París de 1967, ciudad en la que vivió muchos años, y ha participado como representante de España en la Bienal de Sao Paulo y en otras. Fue desde un principio fiel a su arte, para él su único y absorbente compromiso. Como yo lo admiro mucho y escribo versos, les dejo aquí mis
ALELUYAS PARA EL PINTOR JUAN ROMERO

Llega, cual pícaro niño,
haciendo un travieso guiño.
Aunque dicen que es “naïf”
dibuja como Dalí.
Qué viveza de color
-ya la quisiera Miró-.
Es un Bosco sonriente
que nos trae desde Oriente
búhos, medusas y flores,
monicacos, monigotes,
árboles, aves y un sol
que brilla con esplendor.
Luego se alza en su tapiz
Y se va volando al fin.


Fernando Ortiz

miércoles 26 de agosto de 2009

LUIS CERNUDA: DEL MITO A LA ELEGÍA








LUIS CERNUDA: DEL MITO A LA ELEGÍA

“Que la muerte está a favor del gran poeta es algo más que una ilusión entretenida por los poetas, es una realidad que nunca deja de sorprendernos, y quizá de modo especial esté a favor de aquél, según fue el caso de Luis Cernuda en su madurez, que durante años y años se esforzó en la tarea inútil de hacerse en sus poemas y de entreverse en ellos”. Hoy, que nadie le niega al poeta sevillano un puesto de honor en la generación del 27, podemos apreciar la certeza de estas palabras de Jaime Gil de Biedma. La critica o una parte importante de ella, al menos ha pasado de considerar a Cernuda un poeta menor a estimarle como una de las más altas cimas de la lírica en castellano, sólo comparable a un Garcilaso, a un San Juan, a un Bécquer. Muchos hispanistas han dejado de calificar a la generación del 27 de “un segundo Siglo de Oro” para, con mayor modestia, suscribir la hipótesis de que es un grupo de retóricos estimables que, sin duda, quedará inscrito en nuestra historia literaria, al igual que quedaron los poetas de la corte de Don Juan II. Los años pasan. Hace cincuenta, cuando alguien quería expresar su admiración por un poeta acudía un nombre a sus labios: Juan Ramón Jiménez. En la posguerra ese nombre era Antonio Machado. Ahora lo es Luis Cernuda: ¿quién desestimaría hoy la obra de Juan Ramón por estar dedicada “a la inmensa minoría”, la obra de Machado por su “estilo decimonónico” o la obra de Luis Cernuda por su “frialdad”, como la adjetivara algún que otro comentarista de nuestra sociedad literaria?
Pero, ¿por qué Cernuda está más presente que cualquiera de sus compañeros de generación? Ni Guillén, ni Salinas por poner dos ejemplos ilustres son poetas que carezcan de evidente calidad intelectual y literaria. ¿Qué es lo que se busca entonces en la obra del autor sevillano? La respuesta no es unívoca. Jaime Gil de Biedma ha resumido con brevedad y precisión el significado de La Realidad y el Deseo en la poesía española de posguerra: “Cernuda es el más vivo, el más contemporáneo entre todos los grandes poetas del 27, precisamente porque nos ayuda a liberarnos de los grandes poetas del 27". No pensemos por esto que Cernuda es un poeta para poetas. Precisamente, esa frase pretende expresar que Cernuda evita un amaneramiento excesivamente literario común a la época, y hace de su obra una búsqueda del conocimiento interior. De ahí su carácter ejemplar. “Cernuda no influye, enseña”, escribió Gil de Biedma. Y cualquiera de esas personas, muchas de ellas jóvenes, que nunca han pensado seriamente en escribir poesía, nos declaran, ante nuestro asombro, que Cernuda es su poeta. Si lo que buscan es belleza, ¿no la hay acaso en los versos de Lorca y Alberti? Sin duda la hay. Pero sin duda también no es la belleza, o al menos esa clase de belleza, la que buscan los lectores de La Realidad y el Deseo. ¿Qué es, pues, lo que convierte a Cernuda en un autor único e insustituible para sus lectores? Es posible que la respuesta a esta pregunta nos la haya dado Octavio Paz: “La obra de Cernuda es un camino hacia nosotros mismos [...]. Pocos poetas modernos, en cualquier lengua, nos dan esta sensación escalofriante de sabernos ante un hombre que habla de verdad, efectivamente poseído por la fatalidad y la lucidez de la pasión. Si se pudiese definir en una frase el sitio que ocupa Cernuda en la poesía moderna de nuestro idioma, yo diría que es el poeta que habla no para todos, sino para el cada uno que somos todos. Y nos hiere en el centro del cada uno que somos “que no se llama gloria, fortuna o ambición”, sino la verdad de nosotros mismos”. Así, los lectores de Cernuda buscan y encuentran no sólo un bello libro de versos, sino un hombre que les habla de verdad. Esto es posible porque la poesía de Cernuda es no sólo una experiencia de orden estético en lo externo, sino también una experiencia de orden ético en lo interno.
Por esta razón, es imposible hablar por separado de la vida y de la obra de Cernuda. La Realidad y el Deseo (título con el que fue recogiendo, en sucesivas ediciones ampliadas, la totalidad de su obra poética en verso) es una especie de autobiografía espiritual. Luis Cernuda ha sido llamado por un crítico nuestro primer poeta de la experiencia, y ciertamente lo es. El crecimiento de su poesía ha sido comparado con el de un árbol. Cada vez más altas las ramas y, al mismo tiempo, cada vez más profundas las raíces. Sevilla, Madrid, Toulouse, París, ciudades inglesas, norteamericanas, mexicanas...; simbolismo, poesía pura, surrealismo, poesía anglosajona... Todo ello son experiencias humanas o espirituales que irá elaborando en su insobornable soledad. Su desmesurada personalidad poética le permite asimilar todo aquello que le es afín para resaltar mejor su propia identidad. La obra de Cernuda es un progresivo ahondamiento en sí mismo, teniendo en cuenta los datos que le suministra la experiencia. Un proceso de introspección que no terminará si no es con su propia vida. En este sentido, no pueden ser más certeras las palabras de Octavio Paz: “La obra de Cernuda es una exploración de sí mismo; una orgullosa afirmación no desprovista de humildad, al fin de cuentas, de su irreductible diferencia”. Él mismo lo dijo: “Yo sólo he tratado, como todo hombre, de hallar la verdad, la mía, que no será mejor ni peor que la de los otros, sino sólo diferente”. Por eso, comenzaremos hablando del niño que nació en una casa sevillana de la calle Acetres. Un niño que oía en el patio el sonido del agua al caer sobre la taza, que escuchaba absorto la musicalidad de los pregones callejeros, que miraba el blancor de las paredes encaladas, que aspiraba el aroma menudo y penetrante del jazmín. Nada de ello es ocioso. Porque años después, en páginas excepcionalmente sensuales y densas, el gran poeta Luis Cernuda, en la soledad de una pequeña habitación en Glasgow, erige una reflexión y una recapitulación sobre la realidad y los fantasmas de la realidad que rodearon a aquel niño.
Luis Cernuda nació en Sevilla el 21 de septiembre de 1902, en el número 6 de la calle Conde de Tójar (hoy Acetres), situada en el corazón de la ciudad. Ahora, parte de la casa natal del poeta la ocupa una cristalería, pero yo alcancé a ver intacta la planta de la casa, el hermoso patio sevillano al que daban las habitaciones, la taza de mármol sobre la que un día borboteaba el agua: “Recuerdo aquel rincón del patio de la casa natal, yo a solas y sentado en el primer peldaño de la escalera de mármol... Allí, en el absoluto silencio estival, subrayado por el rumor del agua, los ojos abiertos a una clara penumbra que realzaba la vida misteriosa de las cosas, he visto cómo las horas quedaban inmóviles, suspensas en el aire, tal la nube que oculta un dios, puras y aéreas, sin pasar”.
Luis es el menor. Tiene dos hermanas. Su familia pertenece a la burguesía de la ciudad, y su padre era, al nacer él, comandante de Ingenieros. Un militar de carácter recto y severo. Esa seriedad del ambiente no hará sino fomentar en el niño su tendencia a la soledad, la ensoñación y la lectura: “En los estantes de la biblioteca paterna y a escondidas, porque no le permitían su uso, halló el niño unos tomos en folio de encuadernación rojo y oro, por cuyas páginas se ahondaban los grabados con encanto indecible. Ellos fueron quizá los que primero llamaron su atención, más que los nombres de ciudades desconocidas que llevaban en el lomo: Roma, París, Berlín...”.
En 1911, este niño sensible y solitario, ya predispuesto a la introspección y a la lectura, entra por primera vez en contacto con la poesía. Fortuitamente, sus primas le dejan las obras de Bécquer, quien será ya para siempre una de sus predilecciones líricas. Bécquer era actualidad en aquellos días, porque se procedía al traslado de sus restos desde Madrid a la capilla de la Universidad de Sevilla: “Aún sería Albanio muy niño cuando leyó a Bécquer por vez primera [...]. Entre las páginas más densas de prosa, al ojear aquellos libros, halló otras claras, con unas cortas líneas de leve cadencia. No alcanzó entonces (aunque no por ser un niño, ya que la mayoría de los hombres crecidos tampoco alcanzan esto) la desdichada historia humana que rescata la palabra pura de un poeta. Mas al leer sin comprender, como el niño y como muchos hombres, se contagió de algo distinto y misterioso, algo que luego, al releer otras veces al poeta, despertó en él, tal el recuerdo de una vida anterior, vago e insistente, ahogado en abandono y nostalgia”.
Pronto los padres cambian de domicilio. La nueva casa está primero en el Cuartel de Ingenieros, en el Prado de San Sebastián. Luego, su familia va a vivir al número 4 de la calle del Aire, en una casa típicamente sevillana del barrio de Santa Cruz. En ella escribe los poemas de Perfil del Aire. Porque el adolescente Luis Cernuda había sido tocado ya por el fuego sagrado de la poesía, que lo dejará marcado para siempre. Pues en Cernuda al igual que en Leopardi el ser poeta es un destino, una fatalidad. ¿Podemos siquiera imaginarnos a Luis Cernuda en otra ocupación esencial que no fuera la de servir a la poesía? Ciertamente que no. Así lo reconocerá él en su madurez en una composición titulada “La poesía”, incluida en la serie Con las Horas contadas:

Para tu siervo el sino le escogiera,
Y absorto y entregado, el niño
¿Qué podía hacer sino seguirte?

El mozo luego, enamorado, conocía
Tu poder sobre él, y lo ha servido
Como a nada en la vida, contra todo.

Pero el hombre algún día, al preguntarse:
La servidumbre larga qué le ha deparado,
Su libertad envidió a uno, a otro su fortuna.

Y quiso ser él mismo, no servirte
Más, y vivir para sí, entre los hombres.
Tú le dejaste, como a un niño, a su capricho.

Pero después, pobre sin ti de todo,
A tu voz que llamaba, o al sueño de ella,
Vivo en su servidumbre respondió: “Señora”.

Pero no nos adelantemos a los acontecimientos. El poeta Luis Cernuda se manifiesta por primera vez como tal hacia 1923. En este año hacía el servicio militar. Una tarde, a caballo en instrucción por los alrededores de Sevilla, recibe una fuerte revelación poética: “Una de aquellas tardes, sin transición previa, las cosas se me aparecieron como si por primera vez entrara yo en comunicación con ellas, y esa visión inusitada, al mismo tiempo, provocaba en mí la urgencia expresiva, la urgencia de decir dicha experiencia. Así nació entonces toda una serie de versos, de los cuales ninguno sobrevive”.
En 1919 Cernuda ingresa en la Universidad de Sevilla, donde cursará estudios de Derecho hasta terminar la licenciatura. El primer año tiene por catedrático de Lengua y Literatura Españolas a Pedro Salinas. Su timidez e introversión le impiden darse a conocer hasta más tarde a su profesor, que se convierte en su primer mentor literario: “En mi primer año de estudios universitarios había sido alumno de Pedro Salinas [...]. Ya casi al final de mi carrera, la ocasión de haber publicado yo unas líneas de prosa en una revistita estudiantil, líneas que Salinas leyó, y la mediación de algunos amigos comunes, nos puso al fin en contacto. No sabría decir cuánto debo a Salinas, a sus indicaciones, a su estímulo primero; apenas hubiera podido yo, en cuanto poeta, sin su ayuda, haber encontrado mi camino”. En efecto, el joven Cernuda frecuenta por aquel entonces a los clásicos españoles (Garcilaso, Fray Luis, Góngora, Lope, Quevedo y Calderón son autores que estaban en su biblioteca). Pero recibe de Salinas la indicación de que leyera a los poetas franceses, de que aprendiera una lengua extranjera. De esa manera comienza sus lecturas de Mallarmé, quien habría de dejar en su poesía una huella profunda y duradera, Baudelaire y Rimbaud. Es el mismo Salinas quien le presta algún libro de André Gide, sin sospechar que su lectura iba a suponer en el joven alumno mucho más que una experiencia literaria: la reconciliación con su homosexualidad.
Estamos ante el fin de la prehistoria literaria de Cernuda. Hacia el final de 1920 muere su padre, y su madre le concede la emancipación. En 1925 termina la carrera de Derecho (nunca la llegará a ejercer) y publica sus primeros poemas en la “Revista de Occidente”. Un primer viaje a Madrid le entreabre las puertas de los círculos poéticos. En carta a su amigo Capote, fechada el 17 de enero de 1926, le comunica que ha conocido a Bergamín, Dalí, d`Ors, Guillermo de Torre...: “Conozco ya a casi toda la joven literatura y he recibido bastantes elogios por mis versos. Ortega, digno de toda admiración y respeto, me ha invitado a seguir trabajando”. Cernuda va muy pronto a conocer a sus compañeros de generación y a colaborar en sus publicaciones. Su aspecto, su máscara que ya le acompañará siempre es la de un dandy (lo que implica tanto defensa de los otros como afirmación de la propia individualidad). Tiempo después, un contemporáneo suyo, Juan Gil-Albert, lo describirá con estas palabras: “Era esbelto, cenceño, de atezada piel, con negro pelo ceñido cual un casquete a la cabeza como lo seguían llevando los lechuguinos del gran mundo y la nariz acusadamente respingona sobre un pequeño bigote retocado. No recuerdo quién dijo que hubiera podido pasar por un rey de Cambodge vestido a la inglesa [...]. No hablaba nunca de literatura y abominaba de las peñas de café. Prefería pasar por fútil y dar a la elección de una corbata, o a la preferencia por alguna star de moda, el carácter de seriedad suma, que otros conceden, con exclusividad, a las tareas del intelecto”.
Mil novecientos veintisiete, fecha de la publicación de Perfil del Aire, el primer libro de Cernuda, es un año clave en la poesía en castellano de nuestro siglo. Como fondo está, en primer lugar, Juan Ramón Jiménez, el maestro de los jóvenes del 27, heredero del modernismo de Rubén, de los simbolistas franceses y transmisor del gusto por el romance y por la lírica neopopular española a quienes entonces eran, de algún modo, sus discípulos. Es también el momento de las vanguardias (ultraísmo y creacionismo) que exaltan el dinamismo tecnológico moderno, defienden la libre disposición tipográfica de Apollinaire y los futuristas y proclaman como dogma la supremacía de la imagen, la total autonomía del poema respecto del hombre que lo escribe. Las dos ideas estéticas en boga que dejan profunda huella en la generación del 27 son la poesía pura (las teorías postsimbolistas de Valéry entusiasman en España, potenciadas por la influencia de la poesía desnuda de Juan Ramón) y la deshumanización del arte. Como es sabido, Ortega ve en las tendencias vanguardistas posteriores a la Primera Guerra Mundial el rechazo de los elementos humanos del arte realista y la estricta fruición estética de la obra. Arte intrascendente, irónico, lúdico. La poesía es culto a la metáfora. Ortega cita como ejemplo el ultraísmo. Con motivo del centenario de Góngora, se exalta en él al poeta que persigue la belleza pura en el artificio verbal y en el culto a la metáfora.
Perfil del Aire aparece como número 4 de los suplementos de “Litoral”, revista malagueña dirigida por Prados y Altolaguirre. El libro es recibido con reticencia por la crítica, que señala una acusada influencia de Jorge Guillén. Sólo dos reseñas resaltan su originalidad: una, de José Bergamín; la otra, de Lluis Montanyà. Ello mortifica a Cernuda hasta extremos inimaginables. En su artículo “El crítico, el amigo y el poeta “, publicado en 1954, todavía recuerda con ira y amargura la acogida que tuvo su primer libro. Sin embargo, lo cierto es que los argumentos que da el autor sevillano para descartar la influencia directa de Guillén no son convincentes, como ha demostrado Derek Harris en un concienzudo trabajo (Perfil del Aire, con otras obras olvidadas e inéditas, Támesis Books Limited, Londres, 1971). Hay que decir también que esta influencia no es única ni excluye la originalidad del poemario. Juan Ramón, Mallarmé, Reverdy y Salinas están presentes en estas delicadas e indolentes composiciones de arte menor. Además, aunque parezca paradójico, no estaría de más señalar que la presencia poética determinante es la del mismo Luis Cernuda. De cualquier manera, en las sucesivas ediciones de La Realidad y el Deseo, Cernuda cambia el título del libro por el de Primeras Poesías, a la vez que corrige y elimina poemas: “Cuando los versos de Perfil del Aire volvieron a publicarse, con algunas supresiones y correcciones en la edición primera de La Realidad y el Deseo, el año 1936, les quité el título original, porque ya para entonces mi antipatía a lo ingenioso en poesía me lo había hecho poco agradable”. Pasados los años, lo que enojaba a Cernuda de Perfil del Aire era precisamente todo aquello que pudiera verse como un rasgo generacional o privativo de la estética del momento: “Mi disgusto ante los manierismos, entonces habituales entre los escritores jóvenes, me libró de caer en no pocos de su riesgos consiguientes. Hoy sé que el seguir ciegamente las maneras literarias de la época, tanto como la complacencia para consigo mismo, dan pronto ocasión a las primeras arrugas, y que nada como ambas cosas hace vulnerable ante el tiempo una obra literaria”.
El año de la publicación de Perfil del Aire, antes de abandonar definitivamente Sevilla, Cernuda escribe Égloga, Elegía, Oda. El mismo poeta nos dice en Historial de un libro: “Mi amor y mi admiración por Garcilaso (el poeta español que más querido me es), me llevaron, con alguna adición de Mallarmé, a escribir la “Égloga”..., tras de la “Égloga” escribí la “Elegía” y luego la “Oda” . Esta etapa clasicista del autor sevillano es importante en la formación de su destreza poética. De un lado, se inicia en el poema largo. De otro, trata de objetivar el narcisismo adolescente de Perfil del Aire en una narración plásticotemporal y en el mito clásico. El deseo de hacer desaparecer su yo como protagonista poético es una constante en la trayectoria de Cernuda (mérito singular, ha escrito el profesor Otero, en una literatura que, sobre todo por esta época, apestaba a yo). Quedan años todavía para que Cernuda descubra, junto con la literatura inglesa, el monólogo dramático, que es la forma poética más objetiva del romanticismo. Ahora, trata de imitar a Garcilaso en una virtud que el mismo Cernuda se ocupó de describir: “el alma del poeta, en una transmutación panteísta, habita aquello mismo de que nos habla”. Pero el resultado, aunque no exento de belleza, no es verdaderamente convincente. La viva pasión amorosa de Garcilaso se transforma en el poeta sevillano en un vago narcisismo expresado con cierta frialdad. “Mucha parte viva y esencial en mí -escribió Cernuda- no hallaba expresión en dichos poemas”.
En 1928 muere su madre, la casa familiar es vendida y Luis Cernuda abandona para siempre Sevilla. Ya sólo volverá a la ciudad en una visita de pocos días en julio de 1934, cuando andaba por Andalucía como individuo de las Misiones pedagógicas. Esta breve estancia está documentada por una carta a Bernabé Fernández-Canivell fechada en julio del citado año. Tras una breve y feliz estancia en Málaga en la que disfruta con intensidad de la atracción del mar, de la sensación de libertad y del compañerismo que le deparan Bernabé Fernández-Canivell, Altolaguirre, Prados e Hinojosa, marcha a Madrid, donde se establece. Por entonces fragua el proyecto de ir de lector a Toulouse. Con la eficaz intervención de Salinas, obtiene la plaza. Durante ese tiempo lee con intensidad a los poetas surrealistas, de los que le impresiona, sobre todo, su postura de rebeldía total. Al regresar a Toulouse después de unas cortas vacaciones en París, ciudad que le fascinó, escribe los primeros poemas de Un Río, un Amor: “De regreso de Toulouse, un día, al escribir el poema “Remordimiento en traje de noche”, encontré de pronto camino y forma para expresar en poesía cierta parte de aquello que no había dicho hasta entonces. Inactivo poéticamente desde el año anterior, uno tras otro surgieron los tres poemas primeros de la serie que luego llamaría Un Río, un Amor, dictados por un impulso similar al que animaba a los superrealistas”. Ya en Madrid continúa y termina Un Río, un Amor. Animado por el mismo impulso que provocó en él la lectura de los surrealistas (descontento, rebeldía total, radicalismo antiburgués) compone también Los Placeres Prohibidos. Este es el último libro de la época surrealista de Cernuda que, como él mismo se encarga de puntualizar, nada o muy poco tiene que ver con la moda del instante: “Ya he aludido a mi disgusto ante los manierismos de la moda literaria y acaso debía aclarar que el superrealismo no fue sólo, según creo, una moda literaria, sino además algo muy distinto: una corriente espiritual en la juventud de una época, ante la cual yo no pude, ni quise, permanecer indiferente”.
En estos años madrileños (1929-1937) hay que situar la amistad de Cernuda con Aleixandre y Lorca, Altolaguirre y Concha Méndez (el poeta toma un piso encima del que habita el matrimonio en Viriato, 73). La amistad con Altolaguirre y Concha Méndez, evocada con magistral plasticidad por Juan Gil -Albert en su libro Memorabilia, se continuará más tarde en el común exilio mexicano. Son los años, también, en los que se publica la famosa Antología de Gerardo Diego. En ella, precediendo sus poemas, escribe Cernuda estas palabras: “No sé nada, no quiero nada, no espero nada. Y si aún pudiera esperar algo, sólo sería morir allí donde no hubiese penetrado aún esta grotesca civilización que envanece a los hombres”. Por un momento, Cernuda canaliza su insatisfacción ante el estado de la sociedad adhiriéndose a la revolución comunista. Así, colabora en la revista "Octubre" y más tarde, en "El mono azul" (ambas dirigidas por Alberti). Pero si su adhesión al comunismo no pasa de ser momentánea, no podemos decir lo mismo de su fidelidad a la causa republicana. En un poema de su último libro, evocando con emoción el encuentro con un antiguo combatiente de la Brigada Lincoln, afirma: “... hoy la causa te aparece / Como en aquellos días / Noble y tan digna de luchar por ella”.
Más importancia literaria tuvieron sus colaboraciones en la revista “Héroe” (dirigida por Altolaguirre) y “Cruz y Raya” (dirigida por Bergamín), para la que realiza una antología del soneto clásico sevillano. Entre abril y mayo de 1932 escribe Donde habite el Olvido, y en 1935 lnvocaciones a las gracias del mundo. Con estos dos libros culmina una época que el profesor Otero denomina acertadamente período formativo o de crecimiento. Este período es anterior a nuestra guerra civil y en él logra Cernuda absoluta madurez expresiva. Aunque será en la poesía del destierro donde alcance su obra la gran riqueza temática y técnica que le es característica. Los seis libros que la época de crecimiento produce se encuentran recogidos en la primera edición de La Realidad y el Deseo (Madrid, "Cruz y Raya", Col. "Ediciones del Árbol", 1936). Junto a la influencia natural de la poesía española conviene señalar la de la poesía francesa. Baudelaire y Gide le seguirán acompañando hasta el final de sus días, al igual que Mallarmé, Reverdy, Nerval y Rimbaud. También la de dos autores hispanofranceses: Vicente Huidobro y Juan Larrea. Y el movimiento surrealista. A esta influencia francesa sucederá en la siguiente etapa la inglesa. A quien desee ahondar en la influencia francesa en Cernuda le recomiendo el excelente estudio del profesor y poeta Emilio Barón Odi et Amo. Luis Cernuda y la Literatura francesa (Sevilla, Alfar, 2000).
Ya hemos dicho que Donde habite el Olvido supone para su autor el abandono del surrealismo: “Este había deparado ya su beneficio, sacando a luz lo que yacía en mi subconsciente, lo que hasta su advenimiento permaneció dentro de mí en ceguedad y silencio. Ya no tenía necesidad del superrealismo y comenzaba a ver, por otra parte, la trivialidad, el artificio -en que degenera al convertirse en fórmula poética”. Una profunda e intensa relectura de Bécquer marca a este libro hasta en el título, que es un verso de Bécquer. Invocaciones acusa no sólo la lectura del romántico sevillano, sino también la de Hölderlin, autor a quien traducía entonces con la ayuda de su amigo el poeta alemán Hans Gebser: “Más que mediada la colección (de Invocaciones) [...] comencé a leer y a estudiar a Hölderlin, cuyo conocimiento ha sido una de mis mayores experiencias en cuanto poeta [...]. Al ir descubriendo, palabra por palabra, el texto de Hölderlin, la hondura y hermosura poética del mismo parecían levantarme hacia lo más alto que pueda ofrecernos la poesía. Así aprendía, no sólo una nueva visión del mundo, sino, consonante con ella, una técnica nueva de la expresión poética”. “Hölderlin , -dice Agustín Delgado en su obra La poética de Luis Cernuda, (Madrid, Editora Nacional, 1975 )-, es un poeta a mitad de camino entre el lirismo metafísico y el vate profético. Está en ese aspecto más cerca de Keats que de Blake. Cernuda, por contra, es un lírico metafísico y moralista. Nunca profético. Lo que hace Cernuda es retomar la idea de Hölderlin del encadenamiento de las cosas y fundir existencia individual con el universo poético”. La asimilación de Bécquer y Hölderlin da a la poesía de Cernuda una amplitud de la que sin duda carecían los poetas “puros”. El 21 de abril de 1936 se celebra con motivo de la primera edición de La Realidad y el Deseo un banquete de homenaje a Cernuda en Madrid. Firman la convocatoria Aleixandre, Alberti, Altolaguirre, Concha Méndez, Concha de Albornoz, María Teresa León, Rosa Chacel, Delia del Carril, Lorca, Guillén, Gerardo Diego, Neruda, Arturo Serrano Plaja, Salinas, Bergamín, Moreno Villa y Miguel Pérez Ferrero. El brindis corrió a cargo de Lorca, que ve llegado el momento de “lanzar un vítor de fe en honor del gran poeta del misterio, delicadísimo poeta Luis Cernuda, para quien hay que hacer otra vez, desde el siglo XVI, la palabra divino, y a quien hay que entregar otra vez agua, juncos y penumbra para su increíble cisne renovado”.
Apenas celebrado el homenaje comienza la guerra civil española. Después de desempeñar el cargo de secretario del embajador de la República Española en París durante unos meses, y de una corta estancia como voluntario de las milicias populares en la sierra de Guadarrama, Cernuda marcha primero a Valencia, en donde asiste al II Congreso Internacional de Escritores, y luego a Barcelona. En 1938, su amigo el poeta inglés Stanley Richardson le consigue un visado oficial para Inglaterra, con la misión de dar un ciclo de conferencias. Cernuda aconsejado por varios amigos que aún permanecían en el interior nunca volverá a España. Le explicaron que la República ya había perdido la Guerra, aunque en su propaganda intentara mantener la esperanza. Como profesor de Literatura Española, en puestos casi sin excepción mal retribuidos, comienza su largo exilio, que no concluirá sino con su muerte. Londres, París, Glasgow, Cambridge, México, Los Angeles y San Francisco son ciudades que sucesivamente sirven de residencia al poeta sevillano. Nada, o muy poco, puede decirse ya que sea sobresaliente en su biografía. Se enamoró, ¿quién no?, tuvo pequeños problemas relacionados con la docencia; con las editoriales, que no terminaban de publicar en el plazo previsto algunos de sus libros, o bien los publicaban con supresiones o erratas. Fue un servidor de la palabra. Los aconteceres de su historia individual fueron mirados por él como anécdotas en una vida en donde la poesía ocupaba el lugar central. Así pues, continuemos hablando de ésta.
Como dijimos, en el destierro empieza la plenitud poética de Cernuda. Dos años hay de renuevo y gestación entre Invocaciones (último libro de la primera época) y Las Nubes. Pero estos dos años son los que marcan una división crítica en la mitad de la vida. ("Pasada se halla ahora la mitad de mi vida", escribe Cernuda en Las Nubes parafraseando el “mezzo del cammin” dantesco y quizá la “perfecta edad” de Garcilaso.) Siguiendo al profesor Otero, podemos distinguir en esta época dos fases: una, la de poesía de la guerra; otra, la de poesía de América.
La fase de poesía de la guerra está representada por Las Nubes (1937-1940); Ocnos (1940-1942) y Como quien espera el Alba (1941-1944). La fase de poesía de América está compuesta por Vivir sin estar Viviendo (1944-1949); Variaciones sobre tema mexicano (1950); Con las Horas contadas (1950-1958) y Desolación de la Quimera (1956-1962).
Entre los motivos más importantes de esta época, se encuentran, naturalmente, el destierro y la guerra civil. Mas el conflicto esencial que origina la escritura poética de Cernuda es el que sigue: el tiempo de los dioses no es el mismo que el tiempo de los hombres. Sin embargo, a veces el poeta accede a “el acorde” (así se titula una prosa de Ocnos). En el acorde “el instante queda sustraído al tiempo, y en ese instante intemporal se divisa la sombra de un gozo intemporal, cifra de todos los gozos terrestres que estuvieran al alcance”. Es decir, se trata de momentos en los que coinciden ambos tiempos, aunque tales momentos no suelan ser frecuentes en la vida del poeta. El mismo Cernuda califica “el acorde” como una experiencia de orden místico, en la que se llega a borrar la otredad. Algo que tiene mucho en común con el eliotiano “punto de intersección de lo intemporal con el tiempo”, como ya expliqué en mi ensayo" Eliot en Cernuda". ¿Qué le queda, entonces, al poeta, cuando no se produce el citado acorde entre el tiempo de los dioses y el tiempo de los hombres?: únicamente la elegía y el mito. Mediante la elegía, se lamenta de la escisión entre los dos tiempos; mediante el mito, erige gracias a la imaginación un lugar mágico, muchas veces situado en una Andalucía soñada, en donde no existen como contrarios. La mayor parte de los temas que constantemente se reiteran en la obra de Cernuda provienen de este conflicto. Así, la superioridad de la naturaleza en tanto que es tiempo de los dioses sobre lo humano (léase el poema "Los espinos"); el mito del paraíso y su correspondiente y desolada caída en la tierra (en numerosos poemas del exilio, nos damos cuenta de que éste funciona, además, como correlato objetivo del paraíso perdido); la destrucción que conlleva el tiempo de los hombres:

Todo es cuestión de tiempo en esta vida,
Un tiempo cuyo ritmo no se acuerda,
Por largo y vasto, al otro pobre ritmo,
De nuestro tiempo humano corto y débil.

Reiteraré aquí algunas de las ideas expuestas en mi ensayo "Eliot en Cernuda", pues me parecen esenciales para la cabal comprensión de la poesía de madurez del autor sevillano. Fue precisamente Octavio Paz quien escribió: “Su encuentro con Eliot coincide con un cambio en su estética; consumada la experiencia del surrealismo, no le preocupa buscar nuevas formas sino expresarse. No es una norma, sino una mesura, algo que no podían darle ni los modernos franceses ni los románticos alemanes”. […]. “La poesía y la crítica de Eliot le sirvieron para moderar al romántico que siempre fue”. Señalé ya la similitud entre “el acorde” cernudiano y el eliotiano “punto de intersección de lo intemporal con el tiempo”, que no es otra cosa que un Dios intemporal que entra sustancialmente en el tiempo. Una “unión imposible” y paradójica. Al entrar en el tiempo lo hace también en cada uno de nosotros (es éste el misterio de la Encarnación), haciéndonos posible vivir en una unión imposible de dos existencias, aunque sea por breves instantes. Algo nada común en la vida del hombre (si exceptuamos los casos de santidad). Philips Silver ha visto bastante bien el fondo de la cuestión en su ensayo Cernuda, poeta ontológico, cuando afirma: “Esta poesía abre un surco profundo en nuestra alma, nos amenaza con tan honda melancolía, porque nos dice dos cosas contradictorias a la vez. Con el tono de voz nos habla de la división radical del Ser, pero con parte de su temática trata constantemente de salvar esta división. Es una poesía que quiere prometernos la redención pero que sabe que es imposible. He aquí el motivo del parentesco entre Cernuda y T. S. Eliot”. Ahora bien, cómo intenta solventar cada uno esta escisión del ser, esta “caída”, si empleamos un término de la mitología cristiana, es cosa propia de cada cual. En el caso de Eliot ya hemos visto que mediante la revelación cristiana (de ahí la referencia al misterio de la Encarnación, que no otra cosa es el eliotiano “punto de interseción de lo intemporal con el tiempo”). En el de Cernuda, mediante “el acorde”. “El último proyecto de Cernuda -escribe Maya Shärer- será la tentativa de una redención por el poder artístico. El mismo Mozart tendrá los rasgos de Cristo y será el Salvador de un mundo caído”. (Y tan último, añado yo. El poema “Mozart” pertenece a la colección Desolación de la Quimera, publicada un año escaso antes de morir Cernuda):

Si de manos de Dios informe salió el mundo,
Trastornado su orden, su injusticia terrible;
Si la vida es abyecta y ruin el hombre,
Da esta música al mundo forma, orden, justicia,
Nobleza y hermosura. Su salvador entonces,
¿Quién es? Su redentor, ¿quién es entonces?
Ningún pecado en él, ni martirio, ni sangre.

Como poetas inscritos en la órbita de lo sagrado, tanto Eliot como Cernuda participan de una visión cíclica de la Naturaleza (los Cuartetos del primero y el poema Los espinos del segundo son muestras de esta aseveración) y de un hastío, que se origina ontológicamente en un oscurecimiento de la religiosidad, en tanto que el tiempo cíclico o sagrado se revela entonces como un círculo que gira indefinidamente, repitiéndose hasta el infinito. Según las famosas notas de Eliot a The Waste Land, la imaginería que emplea sobre los ciclos de la Naturaleza procede en buena parte del libro sobre el Santo Grial de Jessie L. Weston From Ritual to Romance y de La rama dorada de Frazer, así como la conciliación y presencia de los cuatro elementos (agua, fuego, tierra y aire) tiene su origen en la lectura de Heráclito. Estos autores fueron leídos por Cernuda, y lo más posible es que su interés hacia ellos surgiera a través de las citas que de los mismos hace Eliot en su obra. Así, no puede sorprendernos que tanto Eliot como Cernuda participen de unos símbolos comunes, descritos de la siguiente manera por Northrop Frye en su ya clásico libro sobre el poeta inglés: “Los poetas tienden a identificar, por metáfora, los diferentes aspectos del movimiento cíclico de la Naturaleza. El invierno, la muerte, la vejez, las ruinas y el mar tienen entre sí asociaciones hechas, y así ocurre con la primavera, la juventud o el nacimiento, la aurora, la ciudad, la lluvia o las fuentes. La inclinación de Eliot a la imaginería cíclica nos sale al encuentro a cada vuelta [...]. Para los poetas con imaginación religiosa hay también cielo e infierno, las realidades paradisíacas y demoníacas que existen en la mezcla de lo malo y de lo bueno de la vida humana. El cielo y el infierno sólo pueden ser representados en poesía mediante imágenes de algo existente; de aquí que las imágenes de inocencia, el jardín, la primavera perpetua, la juventud eterna, estén íntimamente asociadas con el cielo o paraíso. Y las imágenes de experiencia repulsiva, el desierto, el mar, la prisión, la tumba, con el infierno. Pero para todo poeta que sigue esta estructura del simbolismo, incluyendo a Eliot, hay cuatro mundos, estando tan diferenciados como asociados el cielo y la inocencia, el infierno y la experiencia”. Sin consultar siquiera La Realidad y el Deseo, cualquier lector de Cernuda puede citar bastantes poemas de éste que desarrollan tales símbolos. Por ejemplo “El joven marino”, que simboliza la eterna juventud, muere ahogado en el mar. O “Desolación de la Quimera” (en realidad, la Quimera de Cernuda vive una muerte en vida como sombra del Hades, y sólo toma la palabra para lamentarse, pues se halla “Sobre la arena sorda del desierto”). “Las ruinas”, “Cementerio en la ciudad”, “La fuente”, “Jardín antiguo” y “Juventud” son lo suficientemente explícitos en sus títulos, ya que en ellos mismos se hace mención del símbolo poetizado.
Hay, pues, que considerar a Cernuda un poeta religioso, si entendemos por esto, siguiendo a Mircea Eliade, que se mueve en la órbita de lo sagrado. En el autor sevillano privaba, además, el moralista: el servidor del espíritu hecho carne, que se llama verbo. Así, para Cernuda, es el mismo poeta el sacerdote de una religión tan rígida como la de Eliot, que no admite ningún tipo de desviaciones y que rinde culto a la Poesía. He aquí la particular religión de este hijo de padre militar, formado en el seno de una severa y burguesa familia provinciana de principios de siglo. En la materia de su particular religión era al menos tan inflexible como Eliot. Si en un momento dado llega a la sincera convicción de que ese “poeta” era un burgués carente de espíritu, expone y proclama tal opinión, pues se creía en la obligación sagrada de hacerlo así. El editor que retrasa la aparición de uno de sus libros -sea por el motivo que fuese- se hace inmediatamente acreedor de su ira, desprecio y suspicacia. De esta intransigencia pude darme cuenta cuando, entre los años 1977 y 1980, recopilé para su publicación un extenso epistolario inédito de Luis Cernuda. Téngase en cuenta, además, que manejé muchas cartas que por diversos motivos no pude publicar. Las cartas hablan por sí solas. Y su intransigencia alcanzaba, sin excepción, a todos aquellos a los que consideraba malos acólitos de la Poesía; mercaderes que hay que expulsar del templo. Esta desmesurada personalidad poética le llevó a escribir que “todo lo que beneficia al hombre perjudica al poeta”. Frase no muy diferente a otra, común en el marco barroco de la Contrarreforma: “Aquello que beneficia al cuerpo, perjudica al alma”. Un ejemplo ilustrativo de la cuestión es cómo Cernuda toma un poema religioso de Herbert, terminado en una invocación a Dios, y lo transforma en una invocación a la poesía. El poema de Herbert es “The Collar” y el de Cernuda, que ya hemos citado, “La Poesía”. La deuda del poema del sevillano con el del metafísico inglés ha sido señalada, que yo sepa, por el profesor Edward M. Wilson y por Jaime Gil de Biedma. Veamos los versos finales de ambos poemas:

Me thoughts I heards one calling, Child!
And I reply’d, My Lord.
[Pensé oír una voz que me llamaba: Hijo.
Y respondí: Señor.]
George Herbert

A tu voz que llamaba, o al sueño de ella
Vivo en su servidumbre respondí: “Señora”.
Luis Cernuda

Ya hemos dicho que la Poesía era la más alta divinidad para Cernuda. Pues bien, a partir de la aparición de los Cuartetos, T. S. Eliot se le aparece como su más alto hierofante. Los ensayos que componen Poesía y literatura I -fechados todos excepto dos de ellos poco después de que el último de los Cuartetos fuera hecho público- se nos figuran estar escritos para merecer la aprobación de este Sumo Sacerdote: traducción de algunos metafísicos ingleses (revalorizados por la crítica a partir del ensayo de Eliot sobre la antología de los mismos recopilada por el profesor Grierson), estudios sobre algunos clásicos españoles según la escala de valores que el mismo Eliot había establecido... Incluso, en el tono, estas prosas ensayísticas de Cernuda recuerdan, por su mezcla de precisión y arbitrariedad, las críticas literarias del autor inglés. Llega a resultarnos conmovedor ver de qué manera Cernuda necesitaba afirmarse a sí mismo mediante la disidencia con el maestro, como lo prueba su ensayo Goethe y Mr. Eliot. Esta devoción es tanto más conmovedora si pensamos que Eliot -quien dirigía la prestigiosa editorial Faber- rechazó un original de Cernuda traducido al inglés por un amigo de los dos poetas, el hispanista Edward M. Wilson. Pese a sus reticencias sobre el asunto -y ya sabemos lo reticente que podía ser Cernuda con todo aquello que atañera a su propia poesía-, respiró por la herida en privado, limitándose por aquella época a referirse en sus cartas y conversaciones al poeta inglés como a “ese Mr. Eliot”, según nos reveló Martínez Nadal en su libro sobre la estancia del lírico sevillano en Gran Bretaña. De cualquier modo, tanto antes como después del rechazo de su original, hecho acaecido en 1947, Cernuda nunca dejó de considerar a Eliot el mejor poeta vivo. Algunos de sus testimonios al respecto los espigué yo mismo en mi ya citado ensayo" Eliot en Cernuda".
Jaime Gil de Biedma, en su prólogo a la versión catalana de los Cuatro Cuartetos realizada por Alex Susanna, transcribe unos párrafos de Michael Roberts fechados en 1935, y que tienen hoy tanta vigencia como cuando se escribieron. Dice Roberts que los poetas ingleses contemporáneos se dividen en dos grupos: “aquéllos cuya poesía es, ante todo, una reivindicación de los valores culturales existentes y aquéllos que, sirviéndose de las virtualidades poéticas del idioma inglés, intentan la creación de poesía a partir de las realidades implícitas en su lengua, en lugar de fundamentarla en sus conocimientos de humanidades y en ecos y recuerdos de otras poesías. Los poetas del primer grupo poseen, por así decir, una sensibilidad europea; formados en Baudelaire, Corbière, Rimbaud, Laforgue y los simbolistas tardíos [...] se sienten más dispuestos a evocar a Dante y a Cavalcanti que a Milton, o a interesarse en un movimiento francés, como el Surrealismo, que en sus concomitantes tendencias en Through the Looking Glass o en Night Thoughts, de Young. La mayoría de ellos son norteamericanos de nación, pero atraen tanto al lector inglés como al compatriota”. Añade luego que la obra de T.S. Eliot participa de esta categoría, pues es, en su concepción misma, declaradamente europea, no como, por poner otro ejemplo conspicuo, la de Robert Graves que participa más bien de la categoría opuesta, en la de aquellos poetas en quienes predomina el elemento inglés del que toman las implicaciones de sus locuciones idiomáticas, metáforas y símbolos. El carácter de los primeros -Pound, Eliot- suele ser decididamente “alejandrino” y “helenístico”. Ese hablar en constante cita que caracteriza a Eliot fue ya, en su momento, señalado por Curtius. Conviene incluir aquí un párrafo del mismo Eliot sobre los “préstamos poéticos”, que se encuentra en su ensayo sobre Philip Massinger:

“Los poetas en agraz imitan; los maduros roban; los malos estropean aquello de que se apropian, y los buenos lo convierten en algo mejor o, al menos, diferente. El buen poeta amalgama lo hurtado con una homogénea sensibilidad, única, totalmente distinta de la de su fuente; el malo lo incluye en algo con lo cual no guarda cohesión. El buen poeta, generalmente, toma prestado de autores de tiempos remotos, o de ajeno lenguaje, o diverso interés”.

Luis Cernuda empieza a ser un poeta europeo, en su acepción de “alejandrino” o “helenístico”, como ha sugerido el tantas veces citado profesor Wilson en su estudio “Las deudas de Cernuda”, incluido en el volumen Entre las jarchas y Cernuda.Constantes y variables en la poesía española. (Barcelona, Ariel, 1977) por influjo directo de Eliot y después de la lectura de éste. (Si trasladamos la tajante división de Michael Roberts a la literatura española de la época, quizá tendríamos un destacado representante en aquéllos que escriben poesía desde una sensibilidad “europea” en Cernuda, y otro de los que “intentan la creación a partir de las realidades implícitas en la lengua” en Lorca). Esta nueva concepción del poema en Cernuda puede datarse no antes de octubre de 1938, fecha en la que escribe desde Cranleigh School a Juan Gil-Albert: “Ya el idioma comienza a serme familiar. Leer a Shakespeare, a Blake, a Keats en su propio idioma es gran cosa para mí”. A partir de entonces, empieza a tomar la costumbre de integrar en su poesía citas y reminiscencias ajenas, siguiendo para ello con indudable maestría lo preceptuado por T. S. Eliot sobre los “préstamos poéticos”. El profesor Wilson, en el estudio líneas antes nombrado, nos señala algunas de éstas: Rodrigo Caro, Baudelaire, Dante, Fray Luis, Quevedo, Herbert, Shakespeare... Y en el Epistolario inédito de Luis Cernuda que yo recopilé, no sólo reconoce el poeta sevillano sus deudas con Mallarmé y otros autores sino que, en carta a Jaime Gil de Biedma, expone su punto de vista sobre la cuestión:

“Un verso de otro poeta nos ofrece a veces nuestra propia visión o nos parece iluminar nuestra manera de ser en un poema, de ahí lo natural que es incluirlo en el mismo. Eso es cosa legitimada por el uso de no pocos poetas, entre los cuales me limito recordarle a Baudelaire y a Eliot. Yo lo he hecho algunas veces”.

Algunas de las palabras más esclarecedoras sobre la época de plenitud de Luis Cernuda han sido escritas por el poeta José Ángel Valente. En su estudio Luis Cernuda y la poesía de la meditación, Valente señala cómo la obra de Cernuda supone una renovación del espíritu y la letra del verso castellano. Por una predisposición temperamental, Cernuda incorpora a su obra una parte de la tradición poética inglesa, que es precisamente aquella que se inicia con los poetas metafísicos del siglo XVII (Donne, Herbert, Crashaw, Marvell, Vaughan y Traherne) y se ha continuado hasta nuestros días con autores como Eliot, Hopkins o Yeats. El profesor Louis L. Martz, en un estudio ya clásico (The Poetry of Meditation, Yale University Press, 2.ª ed., 1974) sostiene la tesis de que esta poesía nace en la Contrarreforma, como consecuencia, fundamentalmente, de los ejercicios espirituales de San Ignacio, entonces ampliamente practicados. La tesis se comprenderá mejor si se tiene presente que el eje de la práctica meditativa es la combinación del análisis mental con la volición afectiva; tal combinación es lo que hace posible esa mezcla particular de pasión y pensamiento característica de los metafísicos. Conviene aclarar que la estructura meditativa no va necesariamente adscrita a un contenido religioso, como ejemplifica suficientemente el caso de Yeats. “Pues bien - dice Valente- esa particular presencia del pensamiento-pasión en poemas cuya estructura responde por entero a la técnica de la poesía meditativa es, a mi modo de ver, la característica central de la obra de madurez de Cernuda. Esto es lo que Cernuda recibe no ya de un poeta determinado, o ni siquiera de ese grupo de poetas que desde el siglo XVII inglés constituye lo que se ha llamado desde Johnson en adelante “escuela metafísica”, sino de su contacto con toda un tradición poética que tiene su origen en la Contrarreforma”. Instalado ya en esta tradición, Cernuda busca a los poetas castellanos que le son afines. De ahí su devoción por Aldana al que denominó místico no profesional, Manrique o Fray Luis, pues todos ellos practicaban la sumisión de la palabra al pensamiento poético y el equilibrio entre el lenguaje escrito y el hablado, metas a las que confesadamente apuntó siempre el autor de La Realidad y el Deseo.
En lo que Valente no repara (ni naturalmente el profesor Martz, ya que en su libro trata principalmente de autores ingleses, y algo de los franceses e italianos) es en la presencia de los grandes y perfectos autores del barroco sevillano (Medrano, Caro, Arguijo, Jáuregui) en esta época de la obra de Cernuda. No obstante no debemos olvidar cierta comunidad de los barrocos sevillanos con los metafísicos ingleses (Medrano era jesuita, y Arguijo meditaba con frecuencia en las casas de ejercicios de la Compañía, a la que su familia dejó parte de sus bienes). El lector recordará, también, que Cernuda realizó en su juventud una antología del soneto clásico sevillano para la revista “Cruz y Raya”. Y yo quiero recordar aquí cómo el enamorado de Sevilla, Joaquín Romero Murube, supo con su fina intuición de poeta sintetizar en leves, breves líneas, apenas muerto Cernuda, exactamente cinco días después, en un recordatorio que publicó en ABC de Sevilla (10/XI/63), todo esto que llevo dicho en varias páginas: “Es pronto. Es pronto para decir todo el sevillanismo que encierra la obra poética de Luis Cernuda. Formal y sustancialmente. Se habla de influencias inglesas. De poesía meditativa. Se acarrean nombres y valores. Pedimos tregua y decantación. Entre Bécquer y la Epístola Moral, pasando por Rimbaud, Baudelaire y el surrealismo del año veintitantos. Y todo ello presidido por la belleza y por la muerte en todo instante presentida. [...]. Poeta amargo, desolador. Un sevillano difícil abre en la moderna lírica española la cima más alucinante del desprecio. En toda su obra no se nombra la ciudad. Y sin embargo Sevilla está allí, latente, pluralmente referida”.
Un aspecto que no puede soslayarse en un artículo introductorio a la obra de Cernuda es el de su labor crítica. Rasgo definitorio de la modernidad es su continuo negarse a sí misma. La modernidad ha constituido una tradición otra, que se fundamenta precisamente en la crítica, tanto del pasado como de la tradición recibida. Así, una de las características de todos los poetas de verdad modernos ha sido su reflexión crítica. Esta reflexión puede plasmarse en la misma poesía (metapoesía) o en otra forma de expresión (artículos, ensayos, etc.). ¿Será preciso recordar los nombres de Eliot y Pound, Borges y Baudelaire? No es casual, pues, que a Cernuda le debamos una inestimable y extensa obra crítica (Pensamiento poético en la lírica inglesa; Poesía y Literatura I y II; Estudios sobre poesía española contemporánea y Crítica, ensayos y evocaciones).
Decíamos anteriormente que la biografía de Cernuda es su poesía. Para él, como señaló Otero, el hombre no parece ser sino envoltura carnal y perecedera del poeta. Este hombre carnal y perecedero que no el poeta, elevado definitivamente a su mito, fue quien falleció en México el 5 de noviembre de 1963. Concha Méndez, en cuyo domicilio vivía, nos ha narrado así los detalles: “En los últimos días fue su actuación como la de alguien que estuviera dominado por un presentimiento; no parecía el mismo; recordaba con emoción a sus familiares, nos mostraba retratos, estaba afable, comunicativo. Y fue en casa de mi hija, en la sobremesa de un lunes cuatro de noviembre, donde nos hablamos por última vez. Le vimos levantarse de la mesa como todos los días y dirigirse por el jardín hacia mi casa, en donde se encerraba en su habitación por el resto de la jornada. Debían ser sobre las seis de la mañana del día siguiente, cinco de noviembre hora de México, cuando la muerte le sorprendió en la puerta de su cuarto de baño, en ropas de cama, batín y zapatillas, intentando fumar, con la pipa en una mano y las cerillas en la otra. Así lo encontró Paloma unas dos horas más tarde”.


Fernando Ortiz: Lírica andaluza contemporánea, Córdoba, Almuzara, 2007


sábado 8 de agosto de 2009

MACHADO Y VALIENTE, DOS DESTINOS PARALELOS

Foto de Manolo Valiente en uno de sus libros

MACHADO Y VALIENTE, DOS DESTINOS PARALELOS*


El 16 de junio presentó el hispanista Jacques Issorel en la biblioteca pública Infanta Elena de Sevilla, en el mismo tomito, dos volúmenes de Manolo Valiente por él prologados. El libro memorialístico “Un rojillo en el Sur de Francia”, en el que Valiente usa el seudónimo de Juan García García, seguido del libro de poemas que dejó inédito este autor al morir “Arena y viento”. Presentó el acto el profesor de literatura Rafael de Cózar. No había ni 20 asistentes en la sala. Lo que pensé de esto, por pudor y respeto a mis paisanos, me lo callo. Trataré de explicar el porqué.
Jacques Issorel es prestigioso hispanista y el más destacado estudioso de Fernando Villalón, sobre quien ha publicado importantes libros y ha hecho la edición crítica de sus “Poesías completas” en la editorial “Cátedra”. Otro poeta español a quien ha dedicado un libro es a Antonio Machado, “Colliure 1939, últimos días de Antonio Machado”, en francés y en español. En él se recoge el testimonio de quienes acompañaron a don Antonio sus últimos días. Pero, ¿quién era Manolo Valiente, de quien Issorel ha rescatado y prologado dos obras, en prosa una, otra en verso?
Valiente nace en 1908 en una familia pobre de La Macarena. Huérfano de padre a los 8 años, su familia se traslada a Morón, donde a los 17 años trabaja de aprendiz con un escultor y prepara el ingreso en Magisterio, estudiando por las noches. Decide tentar suerte en Madrid, pues aunque aprueba el ingreso en Magisterio, estos estudios se volvieron de pago cuando él aprobó, y le faltaba dinero. Le ayuda en Madrid el diputado socialista de Morón, quien le proporciona un modesto empleo en el Ministerio de Trabajo. Sigue pintando, esculpiendo y estudiando. Estalla la guerra y es herido en la columna vertebral en el frente de Somosierra, en el 37. En el 39, exilio pasando escayolado un puerto de los Pirineos para huir a Francia. Allí cárceles y hospitales. Se recupera, escribe y publica poemas (“Arena y viento. Romances del refugiado”, 1949, reeditado en 1973 y 1986). Hombre polifacético, de inteligencia despierta y actitud positiva, me es imposible aquí relacionar sus múltiples realizaciones y a sus libros publicados por Issorel me remito. A su estremecedora biografía (“Un rojillo en el Sur de Francia”) y a sus becquerianamente hondos versos de “Arena y viento”. Enseñó español en el Colegio de Ille-sur- Tèt, se dedicó a la mineralogía, vivió de su escultura… Pero quizá su más hermosa obra sea la creación en Colliure en 1977 de la “Fundación Antonio Machado”, de la que es el primer secretario general y del premio literario del mismo nombre. Fue alma de la Fundación (que, entre otras cosas, cuidaba de la tumba de don Antonio) hasta su muerte, el 30 de junio de 1991. Los datos que expongo están espigados del prólogo de Issorel. Los sevillanos hemos ignorado a Villalón (sus restos fueron a parar a la fosa común por no pagarse en el cementerio de la Almudena de Madrid sus derechos a perpetuidad, y cuidado que Rafael Montesinos publicó un artículo avisando de lo que se avecinaba en su momento). Hemos ignorado la memoria de Machado en Colliure al ignorar a Valiente. ¿Será cierto lo que le decía Villalón en carta a su amigo del alma Mauricio Bacarisse (publicada en la revista “Separata”, nº 4, primavera 1980) que Sevilla “es un pueblo grande de carcas y cabrones”?
Fernando Ortiz


*Manolo Valiente, Un “rojillo”en el Sur de Francia / Un “vilain rouge” dans le Sud de la Franc, Arena y viento [Segundo libro]/ Sable et vent [Deuxième libre], edición, introducción y traducción de Jacques Issorel, Perpignan, Mare Nostrum, 2009, 248 p. Disponible en la librería “Céfiro” de Sevilla.

Publicado en Diario de Sevilla, 5, Agt. 2009