
Nuestro hombre salió de paseo y vio los escaparates iluminados. Tenía que pagar la hipoteca de su pisito, el plazo del coche y de los electrodomésticos, un préstamo que solicitó para abonar las tasas universitarias de su hijo mayor, y las facturas del dentista acumuladas durante medio año. Nada de esto era en realidad grave comparado con lo que se avecinaba: su empresa estaba aquejada de reconversión –sí, la maldita crisis- y parecía posible que a los cincuenta y tantos años, se viera de pronto en la calle. Los escaparates iluminados fijaron su mirada. Qué maravilla. En los grandes almacenes se podían admirar lámparas filipinas, camisas italianas, corbatas inglesas, champanes franceses y caviar ruso. Esas cosas que, en su época de muchacho, resultaban imposibles de adquirir en España, y hoy estaban a la mano de quien quisiese disfrutarlas.
Así, lo que vio en su paseo por el centro de la ciudad le hizo pensar en cómo el país había progresado. Vino a su mente un ejemplo que se le antojó ilustrativo. Como es sabido, la representación de un país es su gobierno, y más en un país democrático como en el que tienen nuestros hijos la suerte de nacer. Y, ¿no es la figura más representativa de un gobierno la de su jefe o presidente? Pues bien, ¿cuándo, si no ahora, poseyó el jefe del Ejecutivo andaluz una avioneta para sus desplazamientos? Le emocionó, además, que el señor presidente hubiese tenido el gesto de bautizar la avioneta con el nombre de uno de los hitos más señalados de la historia de Andalucía. Según había leído en la Prensa, la avioneta, en efecto, iba a ser bautizada “28 de Febrero”, día de Andalucía. Qué bello sería ver la “28 de Febrero “ surcar, en una mañana de primavera, el purísimo azul del cielo de esta tierra, como nueva Estrella de Oriente, rumbo hacia la paz y la prosperidad de todos los andaluces de buena voluntad.
Los campanilleros entonaban villancicos en la vía pública. Los comercios, engalanados de mil bombillitas de colores. Los vendedores de lotería hacían su agosto en pleno diciembre. Pensó que debía tratar de olvidar sus problemas, por otra parte mínimos. Porque, ¿no era ya el número de parados casi un cuarto de la población? Él podía considerarse un ser afortunado y, sin embargo, se sentía insatisfecho. Comprendió que esa insatisfacción era en parte producto de su voracidad de bienes materiales, y que sus desdichas tenían causa en que no había sabido acercarse como un niño al espíritu navideño.
España había cambiado, esto lo comprendía hasta nuestro hombre, bastante ingenuo por lo demás, a pesar de ciertas ínfulas intelectuales que en tiempos tuvo y que aprendió a disimular porque resultaban objeto de burlas de sus allegados y compañeros de trabajo con sentido práctico. En la televisión se había enterado el día anterior de que la cabalgata de los Reyes Magos saldría este año como los anteriores, encarnando a sus majestades un duque, un torero y un político? No era esto seña de la nueva España, máxime cuando el político militaba en las filas del socialismo? Nuestro hombre se dijo que sus lecturas de juventud de los socialistas utópicos estaban haciéndose realidad, y recordó a aquel compañero de facultad que murió joven y con el que departiera apasionadamente sobre los escritos de Lenin. De haber vivido ahora, ¿no se encontraría sorprendido y alegre por la marcha de la cosa pública?
Con los años y las muchas lecturas, nuestro hombre se había quedado un tanto corto de vista. Pero, cegato y todo, componía una alegre estampa, cómic de Mafalda bajo el brazo, mirando con curiosidad los escaparates iluminados de los grandes almacenes.
Fernando Ortiz
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