Hay una razón por la que reproduzco en este blog el artículo
publicado en "Olivar, Revista de Literatura y Cultura Española",
número monográfico "Miradas contemporáneas. Textos nuevos", ed. de
Natalia Corbellini, La Plata (Argentina), Universidad Nacional de La Plata, n.
16, año 12/2011 (ISSN: 1515-1115). Esa razón es que el artículo -más bien
ensayo- se refiere precisamente al libro publicado en este mismo blog
"Miradas al último espejo", lo que agradezco satisfecho a la autora, doctora y profesora de la Universidad de Bérgamo (Italia).
MIRADAS AL ÚLTIMO ESPEJO:
la despedida de FERNANDO ORTIZ
Marina Bianchi - Università degli Studi di
Bergamo
Resumen
Fiel a los temas recurrentes en sus hondos versos elegíacos desde el
principio, en su último libro Miradas al último espejo, Fernando Ortiz recuerda
las personas y los lugares de su existencia, canta los efectos del paso del
tiempo y la precariedad de la vida, reflexiona sobre la poesía haciendo
hincapié en el papel fundamental de la tradición. Lo que pertenece al pasado
sobrevive aquí en unas palabras llenas de belleza y emoción, que pretenden abatir
la barrera entre el hoy y el ayer: las distintas épocas se mezclan en el sentir
de Ortiz y concurren juntas a guiarlo hasta el punto final. El poder lenitivo
de los versos, el sarcasmo y la ironía alivian la resignación ante el fluir
temporal y le ayudan a aceptar el disgregarse del ser humano en su rápido
recorrido por la vida. La única certeza del peregrino es su viaje, razón por la
que tiene que aprovecharlo, mostrando gratitud y gozando de los placeres de
este mundo entre los que prima indudablemente el amor. Concibiendo la ardua
tarea del poeta como una búsqueda de la verdad para transmitirla en sus versos,
en Miradas al último espejo Ortiz avisa a sus lectores del destino que
todos compartimos, aconseja sobre cómo actuar a lo largo del camino, ofrece el
alivio de su poesía y se despide “con cervantino agradecimiento de la vida”
-aunque confesó en la presentación del libro que “estaría muy satisfecho si le siguieran otros” (Ortiz, 2 de
junio de 2011, s.p.).
Palabras-clave
Fernando
Ortiz, poesía española actual, poesía elegíaca, tiempo, recuerdo, muerte,
Sevilla.
Artículo
El 2 de
noviembre de 2010 apareció el primer libro de Fernando Ortiz (Sevilla, 1947)
publicado íntegramente en la red: se trata de Miradas al ultimo espejo,[1] luego
editado en papel con algunas modificaciones por la Diputación de Sevilla, y presentado
en la Feria del Libro de la misma ciudad el 24 de mayo de 2011. Fiel a su
vocación desde el principio hasta el final, en esta colección el poeta parece
cerrar su itinerario despidiéndose de la vida, como afirmó él mismo en la
citada presentación de la obra (Luque, 2011: 1):
En mi primer libro, titulado Primera despedida,
me despedía de mi primera juventud, y en este último, Miradas al último
espejo, me despido, con cervantino agradecimiento, de la vida.
Desde el
primer libro, Ortiz canta en sus hondos versos elegíacos[2] la
pérdida de la infancia y de la juventud, debido al paso inefable del tiempo que
lo borra todo. Trascripción del itinerario vital y de la preocupación
existencial del hombre contemporáneo, su poesía evoca constantemente la
desilusión por el devenir y sus ineludibles consecuencias: en unas
composiciones confesionales y meditativas, trágicas e irónicas a la vez aunque
siempre emocionantes, el único verdadero protagonista es el tiempo, tema
poético universal junto con la muerte y el amor. La obsesión por escaparse a su
rápido fluir es evidente en todo poema, como cristal deformante a través del
que se perciben los demás motivos (apud Sánchez, 2005: 63):
[El tiempo] Es lo único que hay. Los grandes
temas de la poesía son el amor, la muerte y el tiempo. El tiempo subsume todo:
el amor se da en el tiempo, la muerte es su consecuencia. Los demás son
sub-temas del primero.
La concepción
del tiempo en Ortiz hereda de Henri Bergson (1927: 72-82) la distinción entre duréè
pure y durée homogène -es decir, entre el tiempo tal y como lo
percibimos y el devenir secuencial y lineal que solemos medir-, de Antonio
Machado (1988: 2018) la dicotomía entre el “pasado apócrifo” de la memoria y el
“pasado propiamente dicho”, y de Martin Heidegger (1953: 234) el concepto de la
temporalidad como fundamento del ser (cfr. Sánchez, 2005: 47-62). La mirada del
poeta se carga entonces de un tiempo sometido al sentir, elemento
constantemente presente, pero descrito cada vez desde una perspectiva distinta;
en Miradas al ultimo espejo Ortiz observa desde la vejez y la
enfermedad, recuerda el pasado y reflexiona sobre el presente y el futuro sin
que esto le haga perder el ánimo o la ironía, dedicando muchos de los poemas a
familiares, amigos o maestros.
Pese a la
superposición ocasional, se reconocen en la colección tres núcleos temáticos
fundamentales, que podríamos agrupar bajo tres correspondientes etiquetas: semblanzas
y recuerdos, efectos del paso del tiempo, reflexiones sobre la poesía y la
tradición literaria. Según esta división, el primer conjunto incluiría tanto
los bosquejos “Fábula de José Romero” (p. 5), “Mis nietos” (p. 6), “En honor de
Paco Lira” (p. 8), “A Miguel García Posada, amigo y poeta” (pp. 8-9), “In
honorem Alberto Marina” (pp. 13-14), “Aleluyas para el pintor Juan Romero” (p.
14), como la escenas y lugares de épocas lejanas, recordados en “Lugares de mi
guía particular” (pp. 12-13) y “Junio en Málaga” (pp. 16-17). El grupo de
poemas metafísicos que reflexionan sobre el fluir temporal y sus consecuencias
abarcaría “La vida” (pp. 4-5), “Algo difícil” (p. 6), “El cochecito lerén” (p.
7), “A Emilio Barón, por su libro Los días, los dones” (pp. 9-10), “Por
la abierta ventana” (p. 13), “Tabaco y salud” (p. 17), “Los mismos dados” (p
18), “Peregrino” (pp. 18-19), “En el hospital” (p. 20), “Soleares” (pp. 20-21) y
la traducción de Ortiz del “Soneto 138 de Shakespeare” (pp. 11-12). Por último,
la metapoesía comprendería “Si mi palabra vale viene de ellos” (p. 3),
“Mentiras por soleares” (p. 7), “El 27 y Sevilla” (p. 10), “A Emilio Barón,
avisándole de los males de la vida literaria” (pp. 14-15), “En la víspera de mi
cumpleaños” (p. 15), “Elogio del soneto” (p. 19), “A pesar de los pesares” (pp.
19-20) y “Homenaje al soneto barroco” (p. 21). Por supuesto, los tres núcleos temáticos
se fundamentan en el tiempo: la memoria del primer conjunto depende de su
diacronía, su paso determina la fragilidad y precariedad de la vida en el
segundo, y la poesía procede de su herencia literaria en el tercero.
Queda fuera de
la agrupación por introducir los tres asuntos a la vez “Evocación de la
biblioteca Alfonso XII” (pp. 1-2), composición que abre el libro y homenaje a
la Biblioteca Publica de Sevilla. En esto versos, el recuerdo de la infancia y de
la lectura de Las partidas de Alfonso el Sabio se vuelven pretexto para
afirmar desde el principio la precariedad universal de “Lengua, vida y poesía”
que “Van y vienen por sus pasos”, como efecto del tiempo. A la vez, Ortiz
introduce la importancia de la herencia literaria, como impulsora de su
acercamiento a la poesía por una parte, como responsable de la supervivencia de
la tradición a través de su presencia en la escritura posterior, por otra.
En su poesía todo
lo que pertenece al pasado sobrevive en unas palabras llenas de belleza y
emoción, que pretenden situar lo evocado fuera de las leyes del tiempo para
devolverlo en su actualidad y presencia; en esto consiste lo que Ortiz describe
como “el milagro” que el poeta persigue en su misión divina: cantar “como en
«el acorde» de Cernuda, un instante que lleva en sí la eternidad” (Ortiz, 20 de
febrero de 2010: 20). Es lo que se intuye ya en el primero de los tres
conjuntos definidos arriba, donde las escenas del pasado ofrecen la oportunidad
para afirmar verdades eternamente válidas. La primera semblanza de Miradas
al último espejo es “Fábula de José Romero” (pp. 5-6), homenaje que se abre
con la graciosa presentación del pianista y compositor para luego apuntar, a
través del artificio de la visita del duende, que amor aparte -el “mayor placer
[…] sobre la tierra”-, es difícil elegir entre los elementos esenciales de la
vida: “¿Dinero, salud, música? No sé, no sé, no sé…”. A su vez, la tierna y
jovial descripción de “Mis nietos” (pp. 6-7) se cierra con la complacencia del
poeta que subraya: “Y a mí, que soy el abuelo, / se me cae la baba al verlos”.
Puesto que el parentesco queda claro desde el título, la única razón por la que
el autor hace hincapié en su papel parece ser la voluntad de corroborar las diversas
situaciones: los niños, Arturo y Aitana, están en su mejor edad y llenos de
vida; el abuelo, deteriorado por el tiempo, se conmueve al observarlos. La
principal diferencia reside en que los nietos están viviendo su mejor época y,
por contraposición, el escritor está en la peor etapa, por ser la última y más
cercana a la muerte; desde luego, señala Antonio Miguel Sánchez, en la poesía
de Ortiz la infancia representa el único momento cercano a la perfección
(Sánchez, 2005: 19):
Si consideramos la existencia como un disgregarse en
el tiempo, deberemos concluir que la infancia se corresponde, en cierto
sentido, con la plenitud de la existencia. La infancia representa la etapa de
la existencia en que estamos más cerca de la abolición del tiempo. Es el tiempo
sin tiempo, el tiempo de los dioses. A partir de la infancia, a través de la
adolescencia, se pasa, sin solución de continuidad, al constante declinar que
es nuestra existencia temporal.
Lo que
confiere valor a este rápido recorrido por la vida son las virtudes, por lo
general difíciles de encontrar, que el sevillano alaba en algunas de sus
semblanzas. Entre ellas, “En honor de Paco Lira” (p. 8) propone un homenaje a
la lealtad del dueño de La Carbonería de Sevilla, taberna de mucha fama en el
mundo del flamenco, muy conocida también entre poetas, escritores y artistas. Ortiz
manifiesta aquí su admiración por un hombre “cortés”, “leal y comprensivo” con
todos, sin distinción entre buenos y malos, que siempre prefiere la “amistad al
interés” y ha consagrado su vida a “Hacer a malos toros gran faena”. Lo mismo
ocurre en “In honorem Alberto Marina” (pp. 13-14), que celebra “la Inteligencia
/ y la Bontad” de uno de los directores técnicos del Área de Cultura de la
Diputación de Sevilla; el poema quiere ser un agradecimiento a Marina por su
labor “callada y tan cumplida” en la edición de Poesía de una vida.
Antología poética 1978-2011 (2011b). Sobre sus dos cualidades principales el
escritor informa:
Por lo común están las dos ausentes.
Si una falta, qué triste la carencia.
De la otra resalta más la ausencia.
Porque parejas, como dos batientes
de igual puerta, son ambos componentes.
Lamenta el corazón la deficiencia.
De la misma
manera, en “A Miguel García Posada, amigo y poeta” (pp. 8-9) encontramos un
elogio a méritos que Ortiz comparte en su trayectoria vital: se trata esta vez
de la dedicación a la poesía. Como sugiere el comienzo - “Te recuerdo, Miguel,
los dos frente al Atlántico. / Los dos diciendo versos y en la mano una copa”-,
la descripción bien se adaptaría al mismo autor:
Y aunque la prensa hace escribir al galope,
tú nunca perdiste en la poesía la fe…
Y en años posteriores, más maduro y severo,
Escribiste poesía con verdad en tu bastión,
[…]
Desde aquel primerizo poemario primero
[…]
La poesía ya te marcó por entero.
Los dos
escritores comparten además la afición por los clásicos: “Frente al mar
recitábamos algún poema clásico. / Si yo olvidaba un verso, salía de tu boca”.
No sólo para la poesía, la herencia es importante para toda forma de arte;
Ortiz parece confirmarlo en “Aleluyas para el pintor Juan Romero” (p. 14): “Es
un Bosco sonriente / que nos trae desde Oriente” elementos llenos de color “y
un sol / que brilla con esplendor”. En su ya citado blog, el poeta explica qué
le gusta del pintor, sevillano como él (Ortiz, 4 de septiembre de 2010: s.p.):
A mí la pintura de Romero, con sus peculiares dibujos,
y sus paisajes vividos y soñados me parecen una explosión del gozo de la vida
que consigue transmitirse por medio del Arte.
El gozo, la
alegría de la vida es lo que el poeta sigue cantando cuando recuerda los amigos
o las ciudades de su vida, como ocurre también en “Lugares de mi guía
particular” (pp. 12-13). Estos versos evocan la felicidad de sus paseos en
Roma, “por plazas y callejas abiertas al milagro”, el paso por el Ponte
Garibaldi “haciendo largas pausas al sentir el misterio”, el Golfo de Corinto
“escenario de dioses sólo para un mortal”, la Toledo del Mio Cid, el Castillo
“sobre una loma” pasado el Puente de Alcántara, el Madrid de “cuando Franco era
eterno y la gente feliz”. Pero hoy vive en Sevilla, el espacio más mítico y
atemporal de todos:
Y vivo en la ciudad donde nací, Sevilla.
Mujer que se perfuma con fetidez de bosta,
vil incienso y azahar. Y no tiene remedio.
Las contradicciones
atávicas de Sevilla, reflejo de las humanas, quedan intactas a pesar del tiempo
y la colocan en una dimensión irreal pero concreta a la vez, descrita mediante
olores que atestiguan la vida que trascurre en su interior. En la poesía de
Ortiz no sólo Sevilla, sino cualquier ciudad, lejos de ser simple espacio
físico, se vuelve lugar del sentir y del recuerdo, despertando sensaciones y
dibujando escenas de antaño. Esto se nota también en “Junio en Málaga” (pp. 16-17), poema dedicado a María Victoria
Atencia, Rafael León, Bernabé Fernández-Canivell y Pablo García Baena, y
escrito en ocasión del viaje para ver la exposición Cántico 2010, que,
tras su paso por Córdoba, tuvo lugar en el Palacio Episcopal de Málaga del 31
de mayo al 4 de julio de 2010:
Y este junio, ahí en tu Málaga,
quedamos para ver “Cántico”,
esa exposición tan bella.
La visita a la
ciudad evoca las tardes de verano pasadas en el mismo lugar, veinte años antes:
“Y voy recordando hechos, / amigos, asuntos varios…”; “Me acuerdo, tal si ayer
fuera”, señala el escritor, de “la amistad y el cariño / tan naturales y
claros”. En este como en muchos de los poemas de Ortiz, la memoria consigue
superar el paso del tiempo y el verso, que da cuenta de ella, logra burlarse de
su fluir, aunque puede que sólo sea una ilusión (cfr. Sánchez, 2005: 19). De
hecho, el presente y el pasado se mezclan en un gozo intemporal, pero al final
el tono cambia:
y tú, que al bajar del coche,
al salir a saludarnos
dijiste: “Vuelve a Sevilla.
Murió tu madre, Fernando.
Cuando venías a Málaga
ocurrió lo inesperado”.
Hoy voy otra vez de vuelta.
¡Ay, Málaga, amigos, años!
El recuerdo se
vuelve triste, como si de repente Ortiz hubiera vuelto desde el pasado y en el
presente se hubiera dado cuenta de los años que separan el hoy y el ayer. Los
versos del sevillano se configuran entonces como un diálogo del poeta consigo
mismo, en el que reflexiona sobre cuestiones metafísicas, buscando en el poder
de la palabra un alivio y un apoyo para aceptar la vida y sus penas.
Con esta
finalidad, lo primero que tiene que asumir en su poesía es la supremacía del
tiempo, cuyas consecuencias quedan patentes en el segundo grupo de composiciones.
El devenir impone al hombre contemporáneo la rapidez de los cambios en todo
ámbito -económico, social, tecnológico-, y se refleja en una percepción
acelerada de las mutaciones que nos rodean. En “El cochecito lerén” (p. 7),
título dedicado a sus nietos que recuerda la homónima y popular copla infantil
española, Ortiz describe el tiempo como un coche que no puede reducir su
velocidad, ni retroceder:
El cochecito del tiempo
es un coche singular.
Porque de fábrica viene
sin frenos ni marcha atrás.
Por la misma
razón, en los versos meditativos de “La vida” (pp. 4-5) la savia vital abandona
el poeta a una velocidad estremecedora, y el paso de árbol maduro a seco le
provoca una constante insatisfacción en la estrofa que cierra la perfecta y
elegante sextina:
Adiós, ay fuerzas que me hicisteis uno,
maduro y luego seco en un instante.
Al fin la vida sabe siempre a poco.
Le faltan las
fuerzas y ya no logra erguirse, doblado bajo el peso de la enfermedad:
¿En dónde están ahora esas fuerzas
que han hecho de la vida un árbol seco,
menguado, enfermo y de aliento poco,
tan escaso que no sostiene a uno?
Añora en su
canto elegíaco la pérdida de la energía que le sobraba cuando era joven – “cuando
no escatimábamos las fuerzas, / pues en verdad sobrábanle a uno”-, época en que
no se daba cuenta de la consumición que ya le iba desgastando poco a poco; al
revés, ahora percibe esa actitud ingenua como algo lejano que no le pertenece:
No era ahora una broma ya la vida
ni un divertimiento, mas sí un seco
cansancio que agotaba uno a uno
nuestros fieles afanes. Poco a poco,
pensamos en aquellas nuestras fuerzas
como pertenecientes a otro instante.
El presente es
distinto, “Terminaron los años de chaval / o al menos de creerse uno un chiquillo”
avisa en “Tabaco y salud” (p. 17): ahora sabe que ya no es “niño ni mozo” y que
se engañaría a sí mismo si no se enterara del “arrabal / de senectud”, etapa
final agravada por la enfermedad. El poeta habla de su salud en tono de sorna:
Dicen que estoy enfermo. No se alarme.
Si aguanto por lo menos unos años
y tengo algo de suerte, igual me curo.
Esto empieza a importarme ya un adarme.
El sarcasmo de
estos versos, recurso que encontramos a menudo en la poesía de Ortiz, convierte
la resignación ante la certeza del tiempo que pasa y conduce a la muerte en una
alusión crítica a la postura esencialista de quienes creen que la esencia es
más importante que la existencia; según el sevillano, lo que interesa al
acercarse el momento final es saber aceptarlo como inexorable epílogo - “Al fin
todos entramos en lo oscuro”- y tener conciencia, recordando la teoría de Luis Cernuda
(2005:76-77), de que ha vivido -“Mi vida tuvo gozos, también daños”-. A pesar
de la vaga esperanza que al parecer se respira en la ironía de la estrofa
citada, en “Los mismos dados” (p. 18) Ortiz remarca que “Los pasos que hay que
dar están contados”, hecho que no debería sorprender a nadie, puesto que:
Siempre jugamos con los mismos dados
ese juego que no gana ninguno.
Ni éste, ni ése ni siquiera aquel.
Ya no quedan
en la vida y, por ende en el poema, “ni el fuego ni la rosa”, “nada allí que
arda o delire”, la vida ya ha pasado y no se puede evitar que el tiempo cumpla
con su promesa de llevar el hombre hacia la muerte, concepto expuesto también
en “Peregrino” (pp. 18-19):
Nadie ignora que el mundo es un camino
y muy poco sabemos además,
aparte de que nunca hay vuelta atrás
y de que aquí está nuestro destino.
Con el mismo
sarcasmo, subraya además que “A muchos no le importa ni un comino” de saber de
dónde vienen y adónde van; al revés, deberían importarles tanto el origen y el
destino como, sobre todo, lo que hacen a lo largo de su vida:
Procura andar atento y avisado,
cuida que sea grato tu sendero.
-Mira que has de pagar alto el peaje-.
En la visión
fatalista de Ortiz, la única certeza del peregrino es su viaje: luego no queda
nada sino el precio de la muerte; por esta razón el hombre tiene que aprovechar
el tiempo que tiene, regalo recibido a su pesar, y elegir bien acerca de lo
poco que puede decidir:
Aunque en parte el camino está trazado,
lo que andes a tu aire sea severo,
que no fue elección tuya este viaje.
Desde esta
perspectiva, en “Algo difícil” (p. 6), el poeta se reprocha a sí mismo el cometer
siempre los mismos errores: “He sido contumaz desde la infancia”. Aunque el
tiempo marca con su fluir todo aspecto de la vida, y contra el lugar común, el
escritor parece no aprender de él:
Mal aprendí a ahuyentar mis miedos
con autoengaño, alcohol, aturdimiento.
¿Por qué, con más edad sigo tan necio
si mi vida sin ti vale muy poco?
Como
consecuencia, en “Soleares” (pp. 20-12) se pregunta:
Pa’ qué valdrán las verdades
que nos enseñan los años
si no le sirven a nadie.
Cuando al
final se aprende, ya es tarde, porque en ese momento desvanece la ilusión de
poder llegar con nuestro camino a alguna parte, y comprendemos que tan sólo nos
espera la muerte:
Cuando se va la ilusión
se ve la vida y su truco.
Su careta de cartón.
Que es el único remedio
que venga a punto la muerte
para quitarse de en medio.
En “Por la
ventana abierta” (p. 13), esto hace que Ortiz escriba: “Lamenté los errores de
mi vida / que al igual que mi fin, no tienen cura”. El poeta resume aquí su
trayectoria vital y la aceptación de la muerte como consecuencia del tiempo que
pasa, en unos versos en los que, de nuevo, la barrera entre presente y pasado
desaparece: mirando por la ventana, ve “los rostros” de sus “amigos muertos”
que vuelven “desde el tiempo pasado”, a sus hijas “aún pequeñas / […]
alejándose”, y hecha las sumas de sus acciones; al mismo tiempo, la mirada
“extrañada” de su mujer al interior y “unos pájaros” que vuelan “libres hasta
el cielo alto” al exterior lo devuelven a su situación presente. Las épocas de
su vida se mezclan en su sentir y concurren juntas a guiarlo hasta el punto
final.
A pesar del
destino y de los errores, y justamente porque, como hemos visto, hay que
aprovechar el camino, los versos de “A Emilio Barón, por su libro Los días,
los dones” (pp. 9-10) aconsejan agradecer “la vida con sus penas”, “sus
frutos y su mies”, mostrando “el dolor siempre velado”, como lo hace Barón en
su antología (2011), quien escribe “estoico, epicúreo, en verso claro”,
compartiendo con el sevillano la aceptación del destino: “qué le vamos a hacer
a estas faenas”. Siguiendo este mismo consejo, la gratitud de Ortiz se dirige a
su familia en “En el hospital” (p. 20), donde el poeta canta el cariño y la
entrega de su mujer y sus hijos en la enfermedad; en una composición de tono
evidentemente más positivo, el sevillano hace hincapié en la faceta más
agradable de su situación: “Estar enfermo, a veces, / nos hace ver lo bueno de
la vida”. Además de ser el más importante de los placeres de la vida, el amor
es el único que logra superar en la mentira la frustración del paso del tiempo;
es lo que Ortiz quiere comunicar a través de su traducción del “Soneto 138 de
Shakespeare” (pp. 11-12):
¿Por qué no dice ella que es injusta?
¿Por qué no digo yo que ya soy viejo?
Lo mejor del amor es un reflejo.
En el amor contar la edad no gusta.
Yazgo yo en su mentira, ella conmigo.
De la falta común nace ese amigo.
De acuerdo con
esta idea según la que hay que gozar de lo bueno de la existencia, en “A pesar
de los pesares” (pp. 19-20) Ortiz confiesa: “Amo y disfruto mucho de este mundo
/ aunque me desesperen sus desaires”. Como es de esperar, junto con el amor, la
poesía también está entre lo que quiere agradecer a la vida:
Cómo me gusta a mí la poesía.
[…].
Y ahora, en una confidencia mía,
al fin os contaré mi amor profundo
por esta vieja amiga y sus donaires.
El poeta ama el
poder lenitivo de los versos que le ayudan a aceptar “La incertidumbre previa” a
la operación para extirparle un tumor en el hospital, a asumir que “fue un
intento en vano”, a “convivir con el insano / invitado, más bien un invasor”, a
“Soportar como pueda su rigor”.
Las
composiciones del tercer grupo, que parecen cumplir con la promesa del terceto
citado arriba, cantan este amor profundo por la poesía, la “vieja amiga” de
Ortiz. Lo que se afirma con más insistencia en este conjunto es el papel de la sedimentación
de las voces procedentes del pasado, en los versos del presente; la tradición
es algo vivo, que forma el poeta siendo su origen y su circunstancia, es parte
integral de su escritura o, como apunta José Antonio Muñoz Rojas en “La poesía
de Fernando Ortiz” (1994: s.p.):
Un poeta no es más que una voz personal y continuada,
articulada en su propio vivir y sentir, de tantas voces como le resuenan dentro
y a las que da vida con la suya propia.
La herencia
literaria que habla detrás del poeta, y lo mueve a crear de cierta manera,
influye en su escritura como la niñez en la educación del ser humano. La
tradición es entonces lo que le confiere autoridad y valor, señala Ortiz en “Si
mi palabra vale viene de ellos” (p. 3), recordando algunas de las fuentes de su
canto, tanto clásicas como modernas, míticas, cultas y populares, griegas,
latinas, francesas, inglesas y españolas. De todas ellas y de las muchas otras
lecturas olvidadas “que su alma en mí vertieron” (p. 3), remarca, procede su
poesía, voz de un hombre de hoy en la que resuenan ecos de los antepasados. Esto
lo sitúa entre los que Javier Salvago (2010: 15) clasifica de “poetas auténticos”,
“reflejo del tiempo que les tocó vivir y que aportan algo nuevo y personal a la
tradición poética”; “Y Fernando es de éstos”, añade Salvago, lo que queda
patente en la solidez de su obra, en el dominio formal, en el cuidado de la
métrica y en la autenticidad e inteligencia de sus versos.
De lo recibido,
lo primero es la musicalidad lograda mediante la perfección del metro y la rima,
como confirma Ortiz en “Elogio del soneto” (p. 19): de origen italiano, el
soneto se describe como claro y preciso, en contraposición con las “silábicas
sumas” griegas y latinas, lo que hizo que triunfara en la tradición occidental.
Los preciosos productos de esta poesía han empujado al sevillano a mantenerse
fiel a la forma heredada:
Yo sé que el Occidente en el soneto
dejó diamantes de su poesía.
Es el motivo por el que la mía
humildemente protegí en su seto.
Entre los
poetas que influyen en su escritura -entre ellos Gustavo Adolfo Bécquer, Thomas
Stearns Eliot, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda, Francisco
Brines, Jaime Gil de Biedma y Pablo García Baena, Ortiz recuerda la Generación
del 27 en “El 27 y Sevilla” (p. 10); un homenaje al grupo poético organizado
por el Ateneo -“Celebra el Ateneo un homenaje / a la generación del 27”- evoca
en estos versos las celebraciones sevillanas de 1927, en honor a Luis de
Góngora -“Y Góngora y Sevilla en la receta”. Los versos trazan las escenas de
aquella época como en una secuencia de fotos: “¿Cernuda, Villalón, Lorca y los
siete / enanitos? Menudo es el paisaje”; Dámaso Alonso “catapulta con ariete /
y la cuadrilla en U.S.A. va como un cohete”; Gerardo Diego “Antóloga en Madrid”
al grupo; Pedro Salinas y Jorge Guillén aparecen “en su Muceta”. Los verbos,
conjugados todos en presente de indicativo, parecen recordar una vez más la
valencia atemporal de lo representado, instantes de la tradición literaria que
llevan en sí la eternidad y que logran recobrar su actualidad en cualquier
momento. Acerca de las acciones de los maestros del 27, Ortiz escribe con
ironía:
Lo dijo Jaime Gil que de esto supo:
sólo fue un lanzamiento literario.
Hoy nos parece un poco estrafalario.
Pese a las
modas o las impresiones que éstas pueden suscitar en los lectores de las
distinta épocas, la tradición se encarga de mantener viva la poesía en el
tiempo, citada directa o indirectamente por los escritores que le dan voz en
sus versos, como en una “áurea cadena” que “se nos entrega para que nosotros
pasemos ese legado a quienes nos sucedan” (Ortiz, 20 de febrero de 2010: 18).
Esto forma parte del trabajo del poeta, que no es tarea fácil según lo que
leemos en “A Emilio Barón, avisándole de los males de la vida literaria” (pp.
14-15); el problema reside en los comentarios de los críticos -“el que se las
da de literato”-, sobre los que Ortiz advierte al escritor más joven para que
se ponga en guardia:
No dejes que te agobien con pamplinas,
que te engañen con vanas ilusiones
ni te estafen inflándote tu ego…
Porque las consecuencias son dañinas;
la estupidez y las humillaciones
se suman a quien entra en este juego.
Las opiniones
de los demás no deben influir en la poesía, aconseja el sevillano que en más de
una ocasión ha evidenciado las dificultades de ser poeta; entre ellas, está la presentación
de este mismo libro (Ortiz, 20 de febrero de 2010: 20):
Hablamos de algo que no tiene precio -pues la poesía
está fuera de las leyes del mercado-. Y entonces el poeta siente de un modo
agudo su desamparo e inutilidad en esta sociedad mercantil y burguesa y
desearía refugiarse en el sueño. Se empieza a escribir poesía porque se lee
poesía, y su poder encantatorio u órfico de sílabas entrechocando musicalmente
nos seduce a muy temprana edad. Luego, con los años, nos damos cuenta de que
ser poeta es una profesión de fe a la que no podemos renunciar.
En su
“profesión de fe”, su tarea consiste en buscar siempre la verdad, como leemos
en “Mentiras por soleares” (p. 7):
Busca siempre la Verdad.
Porque Verdad solo hay una.
Y luego están las demás.
Por supuesto,
la “Verdad” que se oye “cantar en el sueño”, que prima con su ‘v’ mayúscula y
de la que hay que darse cuenta, es de nuevo el paso del tiempo, fundamento
sobre el que se asienta la teoría poética de Ortiz; las demás no valen nada,
como avisa en los primeros versos:
Esas que llaman verdades
van y vienen y se olvidan
como olitas de los mares.
Al final de Miradas
al último espejo, que se presenta como despedida definitiva, hasta la
poesía parece sucumbir a la Verdad, y en “Homenaje al soneto barroco” (p. 21)
que cierra el libro leemos: “Todo la edad lo descompone y muda. / Queda el
despojo de la llama ardiente”, apareado que retoma el último verso del soneto
“A la edad del año” de Juan de Jáuregui (1786: 4) y, con una variante,[3] el catorce
de la silva “A la Rosa” de Francisco de Rioja (2005: 125-126). Ortiz se siente
identificado con el desengaño barroco, época que comparte con la nuestra el
derrumbe de los valores morales. Ya no quedan dudas, el escritor sabe que “Adiós,
adiós, adiós, dice el presente / y muestra entera la verdad desnuda”; citando
con un ligero cambio[4] el comienzo
del “Soneto XLIII” de la Musa II (Polymnia) de Francisco de Quevedo
(1699: 26), invoca pues el miedo a la “común humana suerte”, que es lo único
que puede aparecer en un poema:
Ven ya, miedo de sabios y del fuerte;
porque la fuerza y la sabiduría
poco valen al fin ya de un terceto.
Si los seres
humanos comparten su recorrido hacia la muerte, la poesía acompaña el poeta
desde el primer verso hasta el último, que marca el punto final de su actividad
como la vejez lo señala en su vida:
Siguiendo la común humana suerte,
a todos llegará el último día
como el último verso a este soneto.
Como
consecuencia, Ortiz afirma creer que es un error seguir escribiendo a pesar de
la edad, y en “En la víspera de mi cumpleaños” (p. 15) se describe a sí mismo
como un viejo impertinente que no quiere dejar de componer versos, “que si te
descuidas te los lee a deshora”, que “No sabe ni siquiera que violenta / a los
muy pocos de su confianza”. En evidente tono irónico, considera además que su “anhelo
de alabanza” no recibe más que “una
afrenta”, por ser un “poeta malo que no alcanza / a ver su error”. Haciendo
referencia a sí mismo, aconseja entonces:
¡Hay que atajar sucesos tan perversos,
decirle que está mal de la azotea
y mandarlo a callar sin más demora!
Por supuesto,
sus lectores no concordamos en nada con lo que escribe en esta composición: al
revés, cuando lo inefable recibe el don de la palabra por mano de un poeta
capaz de comunicar con el alma de los hombres, tan sólo se puede esperar que
siga publicando sus versos “en su blog o en donde sea”. Es preciso deber de la
poesía acompañar al poeta en su existencia, y a sus lectores más allá de ella,
porque, dedicándole a Ortiz los versos de “Himno a la tristeza” del que
considero su mayor maestro, diría con Luis Cernuda (2005: 134):
Más todavía hay en mí algo que te reclama
conmigo hacia los parques de la muerte
para acallar el miedo ante la sombra.
Coincidimos
entonces con Ortiz, quien dijo que “estaría muy satisfecho si [a este
poemario] le siguieran otros”
(Ortiz, 2 de junio de 2011, s.p.): nuestro deseo es que siga
facilitándonos la aceptación de la verdad y transmitiéndonos la tradición a
través de sus versos, que no deje de embellecer la vida con sus palabras, que
nos recuerde siempre con sarcasmo que todos compartimos el mismo destino y que,
por eso, tenemos que gozar de las virtudes y placeres de la vida; entre ellos
está sin duda su poesía.
Bibliografía
Libros de poesía de Fernando
Ortiz:
- 1978, Primera despedida, Sevilla: Editorial Católica, col.
Aldebarán.
- 1981, Personæ, Sevilla: Calle del Aire.
- 1984, Vieja amiga, Madrid: Trieste.
- 1986, Marzo, Madrid: Trieste.
- 1986b, La ciudad y sus sombras, Sevilla: Monte de Piedad y Caja
de Ahorros de Sevilla.
- 1990, Recado de escribir, Sevilla: Renacimiento.
- 1991, Un funcionario, Málaga: Suplementos de «Galeote».
- 1992, El verano, Córdoba: Diputación Provincial de Córdoba.
- 1994, Vieja amiga (1975‑1993), Granada: Comares, col. La Veleta.
- 1996, Moneditas, Valencia: Pre‑Textos.
- 1999, Posdata, Valencia: Pre‑Textos.
- 2002, Poetas en Sevilla. Antología poética de Fernando Ortiz,
Sevilla: Ayuntamiento de Sevilla.
- 2003, Versos y años. Poesía 1975-2003, Sevilla: Fundación José
Manuel Lara, col. Vandalia.
- 2007, Galería de Espejos, Madrid: Hiperión.
- 2008, Vieja amiga. (Poesía, 1975-2008), Córdoba: Almuzara.
- 2010, Miradas al último espejo, edición on-line publicada en el
blog personal de Fernando Ortiz, Sevilla: .
- 2011, Miradas al último espejo. Poesía 2007-2010, Sevilla:
Diputación de Sevilla.
- 2011b, Poesía de una vida. Antología poética 1978-2011, Sevilla:
Diputación de Sevilla.
Volúmenes
sobre la poesía de Fernando Ortiz:
- Barón Palma, Emilio
(ed.), 2007, La poesía de Fernando
Ortiz, Sevilla: Alfar.
- Sánchez,
Antonio Miguel, 2005, Cuestión de tiempo. La poesía de Fernando Ortiz,
Sevilla: Alfar.
Otros textos
citados:
- Barón, Emilio, 2011, Los días, los dones (poesía 1978-2009), Málaga: Ediciones de Aquí.
- Bergson, Henri, 1927, Essai sur les donées immédiates de la
consciente (1888), Paris: Les Presses Universitaires de France.
- Brines, Francisco, 2010, “Fernando Ortiz: una vocación cumplida”,
en Poesía de una vida, ponencias del homenaje a Fernando Ortiz del
Centro Andaluz de las Letras, 16 de febrero de 2010, Sevilla, Biblioteca
Pública Infanta Elena, pp. 4-5, en el blog personal Fernando Ortiz: apuntes
y reflexiones. Literatura, poesías, ensayos y artículos de los que soy autor,
Sevilla:
- Cernuda,
Luis, 2005, La realidad y el deseo (1924-1962), Madrid: Alianza.
- Machado,
Antonio, 1988, Poesia y prosa, ed. de Oreste Macrì, Madrid:
Espasa-Calpe – Fundación Antonio Machado, vol. 2.
- García
Montero, Luis, 1983, “La otra sentimentalidad”, en Javier Egea, Álvaro Salvador y Luis García Montero, La
otra sentimentalidad, Granada: Don Quijote, pp. 9-15.
- Heidegger, Martin, 1953, Sein und Zeit, Tübingen: Max
Niemeyer Verlag.
- Jáuregui,
Juan de, 1786, Rimas. Tomo VI, Madrid: Imprenta Real.
- Luque,
Alejandro, 24 de mayo de 2011, “Me despido, con cervantino
agradecimiento, de la vida”, elCorreoweb.es, diario digital de El Correo de Andalucía, Sevilla: .
- Morelli, Gabriele y Manera, Danilo,
2007, Letteratura spagnola del Novecento, Milano: Bruno
Mondadori.
- Muñoz Rojas, José Antonio, 1994, “La poesía de
Fernando Ortiz”, La mirada, suplemento cultural de El Correo de
Andalucía, 20 de mayo de 1994.
- Ortiz, Fernando, 20 de febrero de 2010, “Acerca de mi proceso de
creación poética”, en Poesía de una vida, ponencias del homenaje
a Fernando Ortiz del Centro Andaluz de las Letras, 16 de febrero de 2010,
Sevilla, Biblioteca Pública Infanta Elena, pp. 18-23, en el blog personal Fernando
Ortiz: apuntes y reflexiones. Literatura, poesías, ensayos y artículos de los
que soy autor, Sevilla: .
- Ortiz, Fernando, 4 de septiembre de 2010, “Va a venir
volando en su alfombra mágica el pintor Juan Romero”, en el blog personal Fernando
Ortiz: apuntes y reflexiones. Literatura, poesías, ensayos y artículos de los que soy autor, Sevilla:
.
- Ortiz, Fernando, 2 de junio de 2011, “Presentación de Miradas
al ultimo espejo”, en el blog personal Fernando Ortiz: apuntes y
reflexiones. Literatura, poesías, ensayos y artículos de los que soy autor,
Sevilla: .
- Quevedo, Francisco de, 1699, Obras. Tomo tercero, Amberes:
Henrico y Cornelio Verdussen; edición digital: serie Francisco de Quevedo.
Obras completas, Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2003,
.
- Rioja, Francisco de, 2005, Poesía, introd. y notas de Gaetano
Chiappini, Sevilla: Fundación José Manuel Lara, col.
Clásicos Andaluces.
- Salvago, Javier, 2010, “Fernando Ortiz, el mejor poeta sordo de
su calle”, en Poesía de una vida, ponencias del homenaje a
Fernando Ortiz del Centro Andaluz de las Letras, 16 de febrero de 2010,
Sevilla, Biblioteca Pública Infanta Elena, pp. 15-17, en el blog personal Fernando
Ortiz: apuntes y reflexiones. Literatura, poesías, ensayos y artículos de los
que soy autor, Sevilla: .
[1] El
libro está publicado en el blog personal Fernando Ortiz: apuntes y
reflexiones. Literatura, poesías, ensayos y artículos de los que soy autor,
.
En nuestro estudio haremos referencia a esta versión, de la que están sacadas
las citas, indicando entre paréntesis sólo el número de página. Todos los
sitios web que aparecen en el presente trabajo se consultaron durante el mes de
mayo del año 2011.
[2] Cabe
señalar que clasifico Ortiz en la que Gabriele Morelli (Morelli/Manera, 2007:
181-183) define “poesía elegíaca”, considerando como él (Morelli/Manera, 2007:
181) que entre las inciertas y contradictorias denominaciones de las corrientes
de la lírica española actual, predominan las de “poesía del silencio”, “poesía
elegiaca” y “poesía de la experiencia”. Comparto entonces las palabras de
Francisco Brines, escritas en la introducción a Primera despedida
(Ortiz, 1978), y citadas por el mismo autor en el texto enviado para el acto
organizado por el Centro Andaluz de las Letras, celebrado el 16 de febrero de
2010 en la biblioteca Pública Infanta Elena y dedicado a Ortiz (Brines, 2010:
4): “A Fernando Ortiz le interesa desvelar en sus versos la aventura fatal y
derrotada del hombre, pues estamos ante una poesía de revelación interior. Su
línea es elegíaca, no importa que a veces lo sea con un tierno y burlón
distanciamiento”. De hecho, acorde con Antonio Miguel Sánchez (2005: 44), y en
disonancia con el equívoco que ha llevado a muchos críticos a encasillar en la
llamada “poesía de la experiencia” a casi todos los poetas que no se reconocen
en la estética de los Novísimos, prefiero utilizar esta denominación con mayor
rigor, sólo para quienes se atienen a las propuestas de “la otra
sentimentalidad” de Luis García Montero (en Egea/Salvador/Montero, 1983: 9-15).
[3] Ortiz
cita el conocido verso de Francisco de Rioja “presto despojo de la llama
ardiente” (2005: 126).
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