Verano en la campiña. La cocina
a través de una puerta se abre al campo.
Trajinaban en ella las mujeres.
Y por aquella puerta yo salía
al huerto, y arrancaba de la mata
un tomate al que daba algún mordisco.
Escogía algún fruto bien maduro
del árbol, con pericia de un experto.
Agotado del juego matutino
Agotado del juego matutino
a comer me llamaban, y el gazpacho
embaulaba y algún plato riquísimo.
Luego a dormir la siesta. Por la tarde,
en un sillón de mimbre me sentaba
bajo las buganvilias del jardín.
Y pensaba qué triste era mi vida.

Espléndido poema, en particular la melancólica ironía del último verso. Mil gracias de este lector (y, seguro, de muchísimos más) por hacer menos triste nuestra vida.
ResponderSuprimirMuy bonito
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